El gentío se reúne alrededor de las altas hogueras.
Esta noche se limpian las casas y las almas. Se arrojan al fuego los trastos viejos y los deseos viejos, cosas y sentires gastados por el tiempo, para que lo nuevo nazca y encuentre lugar.
Desde el norte del mundo, esta costumbre se difundió por todas partes. Siempre fue una fiesta pagana. Siempre, hasta que la Iglesia Católica decidió que ésta sería la Noche de San Juan.
Antaño, don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen en el pueblo por él nacido.
Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.
Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.
Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.
Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto el ataque de las ganzúas.
Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido todo a lo largo de su larga vida.
Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.
Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano. Y hasta San Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer.
Un día como hoy, en 1989, murió el muro de Berlín.
Pero otros muros nacieron para que los invadidos no invadan a los invasores, para que los africanos no recuperen los salarios que sus esclavos nunca cobraron,
para que los palestinos no regresen a la patria que les robaron,
para que los saharauis no entren en su tierra usurpada,
para que los mexicanos no pisen el inmenso mapa que les comieron.
En el año 2005, el hombre-bala más famoso en los circos del mundo, David Smith, expresó su protesta, a su manera, contra la humillante muralla que separa México de los Estados Unidos.
Un enorme cañón lo disparó, y desde las alturas del aire David pudo caer, sano y salvo, del lado prohibido de la frontera.
El había nacido en los Estados Unidos, pero fue mexicano mientras duró su vuelo.
Hace unos cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, una estrella enana escupió un planeta, que actualmente responde al nombre de Tierra.
Hace unos cuatro mil doscientos millones de años, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quién convidar el trago.
Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.
Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a pelear contra el miedo y el frío.
Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse.
Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.
El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quiéreme, como al descuido, en el café o en la sopa o en el trago.
Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada.
El amor es sordo al verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto del gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.
Lástima que Adán fuera tan bruto. Lástima que Eva fuera tan sorda. Y lástima que yo no supe hacerme entender.
Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación.
Ellos no estaban preparados para escuchar, ni para pensar. Y yo, bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar.
Antes de Adán y Eva, nunca había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases, como Hágase la luz, pero siempre en soledad. Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica.
Lo primero que sentí fue asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del paraíso. Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo, como contando hormigas.
Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes. Me sorprendieron. Yo los había hecho: pero no sabía que el barro podía ser luminoso.
Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías Y también tenemos la alegría de nuestros dolores Porque no nos interesa la vida indolora
que la civilización del consumo vende en los supermercados Y estamos orgullosos del precio de tanto dolor que por tanto amor pagamos. Nosotros tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión de andar y el amor al camino, Tenemos la alegría de nuestras derrotas porque la lucha por la justicia y la belleza valen la pena también cuando se pierde Y sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas en plena moda del desencanto, cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal. Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano.
Los funcionarios, no funcionan. Los políticos hablan, pero no dicen. Los votantes votan, pero no eligen. Los medios de información desinforman. Los centros de enseñanza, enseñan a ignorar. Los jueces, condenan a las víctimas. Los militares están en guerra contra sus compatriotas. Los policías no combaten los crímenes, porque están ocupados en cometerlos. Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan. Es más libre el dinero que la gente. La gente, está al servicio de las cosas.
En su jardín de Atenas, Epicuro hablaba contra los miedos.
Contra el miedo a los dioses, a la muerte, al dolor y al fracaso.
Es pura vanidad, decía, creer que los dioses se ocupan de nosotros. Desde su inmortalidad, desde su perfección, ellos no nos otorgan premios ni castigos. Los dioses no son terribles porque nosotros, efímeros, mal hechos, no merecemos nada más que su indiferencia.
Tampoco la muerte es terrible, decía. Mientras nosotros somos, ella no es; y cuando ella es, nosotros dejamos de ser.
¿Miedo al dolor? Es el miedo al dolor el que más duele, pero nada hay más placentero que el placer cuando el dolor se va.
¿Y el miedo al fracaso? ¿Qué fracaso? Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco, pero ¿qué gloria podría compararse al goce de charlar con los amigos en una tarde de sol? ¿Qué poder puede tanto como la necesidad que nos empuja a amar, a comer, a beber?
Hagamos dichosa, proponía Epicuro, la inevitable mortalidad de la vida...
Espejos: Una historia casi universal (Eduardo Galeano)
Ellos tienen códigos y decretos, tienen prisiones y fortalezas (¡sin contar sus reformatorios!), tienen carceleros y jueces que hacen lo que les mandan por treinta dineros.
Sí, ¿Y para qué? Acaso piensan que nosotros, como ellos, seremos destruidos? Su fin está cercano, y se darán cuenta de que nada podrá ayudarlos.
Tienen periódicos e imprentas para combatirnos y enmudecernos (¡sin contar sus gobernantes!). Tienen profesores y sacerdotes que hacen lo que se les ordena por treinta monedas.
Sí, ¿y para qué? ¿Será que tienen miedo a la verdad? Su fin llegará pronto, y notarán que nada podrá ayudarlos.
Ellos tienen tanques y cañones, granadas y ametralladoras (¡sin contar sus cuarteles!). Tienen policía y soldados, que por poco dinero están prestos a todo.
Sí, ¿Y para qué? ¿Es que tan poderosos somos sus enemigos? Ellos piensan que pueden detener su propio hundimiento, impedirlo.
Pero un día, y será cercano, verán que nada podrá ayudarlos y de nuevo, bien alto, gritarán: ¡Deteneos!
Pero ya, ni el dinero ni los cañones podrán salvarlos.
Darwin nos informó que somos primos de los monos, no de los
ángeles.
Después supimos que veníamos de la selva africana y que
ninguna cigüeña nos había traído desde París.
Y no hace mucho nos enteramos
de que nuestros genes son casi igualitos a los genes de los ratones.
Ya no sabemos si somos obras maestras de Dios o chistes
malos del Diablo.
Nosotros, nosotros, los humanitos:
los exterminadores de todo, los cazadores del prójimo, los creadores de la bomba atómica, la bomba de hidrógeno y
la bomba de neutrones, que es la más saludable de todas porque liquida a las
personas pero deja intactas las cosas,
Los únicos animales que inventan máquinas, los únicos que viven al servicio de las máquinas que
inventan, los únicos que devoran su casa, los únicos que envenenan el agua que les da de beber y la
tierra que les da de comer,
los únicos capaces de alquilarse o venderse y de alquilar o
vender a sus semejantes, los únicos que matan por placer, los únicos que torturan, los únicos que violan.
Y también, y también, los únicos que ríen, los únicos que sueñan despiertos, los que hacen seda de la baba del gusano, los que convierten la basura en hermosura, los que nos descubren colores que el arcoiris no conoce, los que dan nuevas músicas a las voces del mundo.
Y crean palabras, para que no sean mudas la realidad ni su memoria.
Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano.
Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común.
Ojalá podamos merecer que nos llamen locos, como han sido llamadas locas las Madres de Plaza de Mayo, por cometer la locura de negarnos a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos, pero no estamos terminados.
Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo: hasta luego.
Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.
Eduardo Galeano (palabras de agradecimiento, al recibir el Premio Stig Dagerman, en Suecia, el 12 de septiembre, 2010)
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo. Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986)
Se nos marcha este abril confinado y eterno, y buscando un tema que acompañara a este poema de Borges, me tropecé con esta canción que era la sintonía de una serie de televisión de mis años mozos (si, es cierto, ha llovido desde entonces, pero ¿qué queréis?, es lo que tiene nacer antes).
Los más jovencitos igual os reís pero los que seguro que lo hacen son los que recuerdan, como yo, de qué serie estamos hablando (como pasatiempo para el que no lo sepa ya tenéis ocupado un rato buscando y leyendo sobre la serie, incluso puede que encontréis algún sitio donde verla, jeje). Un profesor de instituto, normal y corriente, se agencia un traje de superhéroe que le da poderes y se dedica, junto a un agente del FBI, a deshacer entuertos e intentar que triunfe la justicia. Estos tiempos que vivimos nos han demostrado que los verdaderos superhéroes no necesitan traje ni capa, los verdaderos superhéroes son las personas normales, comunes y corrientes que hacen su trabajo en las condiciones que sean que, curiosamente, nunca son las que deberían ser, teniendo en cuenta la importancia del trabajo que realizan. La pena es que solo nos damos cuenta cuando llegan circunstancias excepcionales como las que sufrimos en estos días. En nuestra mano está cambiar esas circunstancias y que no se nos olvide, cuando todo esto haya pasado, de dónde venimos, quienes y qué cosas conforman lo verdaderamente importante. Tanto Borges en su poema como Joey Scarbury en su canción abundan en la idea del maestro Eduardo Galeano, cuando dijo que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo; no dejéis nunca de creer en ello. ¡Salud y fuerza para creer que se puede combatir la injusticia y cambiar el mundo!
El hambre desayuna miedo.
El miedo al silencio que aturde las calles.
El miedo amenaza.
Si usted ama tendrá sida.
Si fuma tendrá cáncer.
Si respira tendrá contaminación.
Si bebe tendrá accidentes.
Si come tendrá colesterol.
Si habla tendrá desempleo.
Si camina tendrá violencia.
Si piensa tendrá angustia.
Si duda tendrá locura.
Si siente tendrá soledad.
Eduardo Galeano
Nos asustan, nos meten el miedo en el cuerpo, para tenernos controlados. Siempre tenemos sobre nuestras cabezas, como una espada de Damocles, un martillo que caerá sobre nosotros y nos aplastará el cráneo si no seguimos la ruta marcada para que todo se desarrolle según lo previsto y continuemos sumisos y en silencio para que el sistema siga retroalimentándose con la injusticia y nuestro miedo.
En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
descubrieron que vivían en América,
descubrieron que estaban desnudos,
descubrieron que existía el pecado,
descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo,
y que ese dios había inventado la culpa y el vestido
y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.
Eduardo Galeano (“Los hijos de los días”)
“Los descubrimientos de los yacimientos de oro y plata en América, la cruzada de exterminio, la esclavización de las poblaciones indígenas, forzadas a trabajar en el interior de las minas, el comienzo de la conquista y del saqueo de las indias, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros, son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista (...) Las riquezas apresadas fuera de Europa por el pillaje, la esclavización y la masacre refluían hacia la metrópolis donde se transformaban en capital”
Carlos Marx (El Capital Tomo I)
“La peor de todas las enfermedades nacidas de tu ambición no ha sido la viruela ni la sífilis. La más grave de todas las enfermedades son tus malditos espejos. Su luz hiere, como hiere tu filosa espada, como hieren tus crueles palabras, como hieren las bolas de fuego que tus cañones escupieron sobre mi gente. (…) Tus espejos devuelven a mi vista el espanto de las muecas abiertas que tienen los rostros de los hombres que se han quedado sin lenguaje, sin dioses. Tus espejos reflejan a la piedra sin volcán y al futuro sin árbol. (…) En las imágenes de tus espejos hay gritos y crímenes devorados por el tiempo”
Laura Esquivel (Malinche)
“Con el «descubrimiento» del llamado «nuevo mundo», lo que realmente se descubrió fue lo que era España en verdad, la realidad de la cultura occidental y también de la Iglesia en ese momento. Ellos se pusieron al descubierto, se desnudaron sin darse cuenta, porque lo que hicieron respecto a la otra parte fue «encubrirla» no «descubrirla». (…) en la primera entrada de Europa, encabezada por España y Portugal, en el ámbito de lo que es hoy América Latina, lo que se puso de manifiesto fue un «descubrimiento del que conquista»; y un cubrimiento violento y violador de los pueblos allí existentes, de sus culturas, de su religión, de sus personas, de sus lenguas”
Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de sus ríos. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua.
No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano.
En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible.
Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente.
Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los suelos arrasados.
Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar.
Sebastião Salgado los ha fotografiado, en cuarenta países, durante varios años. De su largo trabajo, quedan trescientas imágenes. Y las trescientas imágenes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Suma solamente un segundo toda la luz que ha entrado en la cámara, a lo largo de tantas fotografías: apenas una guiñada en los ojos del sol, no más que un instantito en la memoria del tiempo.
Eduardo Galeano
Los naúfragos de la globalización golpean las puertas del cielo sin sospechar que lo que estan cruzando es la entrada al infierno.
Al otro lado, a la gente como Carola Rackete, que escuchando su lado humano se dedica a salvar vidas y a arrebatar naúfragos al mar, se la castiga con la cárcel.
Por contra, a la gente como Christine Lagarde, famosa por declaraciones que muestran su lado más inhumano, que anteponen el dinero a cualquier otra cosa, culpable de corrupción o de al menos mostrar cierta flexibilidad ante prácticas de dudosa legalidad, se la premia con la Presidencia del Banco Central Europeo (jefa de los prestamistas y usureros de Europa).
Definitivamente, podríamos decir que el cielo tiene reservado el derecho de admisión.
Hacía pocos años que había terminado la Guerra Española, y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban la espalda, con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba.
Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo. Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me contó esta historia. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio, me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones. Pero, papá - le preguntó Josep, llorando -, pero, papá, si Dios no existe, ¿ quién hizo el mundo?. Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo: ¡Tonto, tonto! ¡Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles!
En Ciudad de México, el viernes 9 de noviembre de 2012 Eduardo Galeano
"Quisiera que alguien se atreviera a comparar con esa justicia, la de otros países donde moriría uno antes de hallar el menor vestigio de justicia y de equidad.
Porque ¿ qué clase de justicia es aquella que permite que cualquier aristócrata, banquero, financiero u otro de esos que no hacen nada, o nada que tenga gran valor para el bien público, lleve una vida holgada y suculenta, en el ocio o en ocupaciones superfluas, al paso que el obrero, el carretero, el bracero y el labriego han de trabajar tan dura y asiduamente como bestias de carga (a pesar de que su labor sea tan útil que sin ella ningún estado duraría ni un año), soportando una vida tan mísera que parece mejor la de los burros, cuyo trabajo no es tan incesante y cuya comida no es mucho peor, aunque el animal la encuentre más grata y no tema el porvenir?
Más a los obreros aguijonéalos la necesidad de un trabajo infructuoso y estéril y los mata la premonición de una vejez indigente, puesto que el jornal cotidiano es tan escaso que no basta para el día, imposibilitando que puedan aumentar su fortuna guardando algo cada día para asegurar su vejez.
¿No es ingrato e inicuo el estado que a los nobles (así los llaman), a los banqueros y demás gente holgazana o aduladora, les prodiga tantos placeres frívolos y sofisticados y tantas riquezas, al paso que mira impasible a los campesinos, carboneros, peones, carreteros y obreros, sin los cuales no existiría ningún estado?
Tras abusar de su trabajo mientras están en sus mejores años, el estado (cuando más tarde están abrumados por los años o por una enfermedad que los priva de todo), olvidándose de tantos desvelos, de tantos servicios prestados por ellos, los recompensa, en el colmo de la ingratitud, con la muerte más miserable. "
Fragmento de "Utopía" (Tomás Moro)
A todos los obreros del tiempo y del mundo, ¡gracias!
El 20 de marzo del año 2003, los aviones de Irak bombardearon los Estados Unidos.
Tras las bombas, las tropas iraquíes invadieron el territorio norteamericano.
Hubo numerosos daños colaterales. Muchos civiles estadounidenses, en su mayoría mujeres y niños, perdieron la vida o fueron mutilados. Se desconoce la cifra exacta, porque la tradición manda contar las víctimas de las tropas invasoras y prohíbe contar las víctimas de la población invadida.
La guerra fue inevitable. La seguridad de Irak, y de la humanidad entera, estaba amenazada por las armas de destrucción masiva acumuladas en los arsenales de los Estados Unidos.
Ningún fundamento tenían, en cambio, los rumores insidiosos que atribuían a Irak la intención de quedarse con el petróleo de Alaska.
Eduardo Galeano (Los hijos de los días)
Desgraciadamente no estamos en el mundo al revés que soñó el maestro Eduardo Galeano, aunque ciertamente muchas veces lo pudiera parecer.
Los Estados Unidos de Norteamérica, a lo largo de la historia e independientemente del color político de su gobierno, se han arrogado la facultad de decidir qué está bien y qué está mal en un determinado país, qué gobierno es legítimo o no, llegando a tramar la forma de conseguir sus objetivos a toda costa y por todos los medios, incluyendo los ilegales e inmorales, pasándose por el forro el ordenamiento internacional y las resoluciones de la ONU, con tal de favorecer sus intereses, que al final resultan ser siempre puramente económicos.
Numerosos ejemplos de ello podemos encontrar a lo largo y ancho de la historia y del mundo. Los gobernantes de aquellos países que no tienen petróleo ni alguna fuente de riqueza que pueda interesar al gendarme mundial, pueden estar tranquilos y oprimir y denigrar a su pueblo, o a pueblos vecinos y expulsarlos incluso de sus casas, sin que los yankis pongan el más mínimo reparo (incluso les brindarán ayuda si fuera necesario), y todo ello ante la indiferencia y cooperación necesaria de buena parte de la comunidad internacional.
Sin embargo, aquellos países que posean petróleo o alguna materia prima que interese a los EEUU, tengan por seguro que tarde o temprano recibirán la visita del Imperio para ser obsequiados con una dosis de libertad y democracia...
Me gustaría cerrar la entrada de hoy con un grito que en mis años mozos constituía la banda sonora de cientos de concentraciones en contra de la OTAN y la injerencia norteamericana en muchos paises del cono sur y a favor del desarme y la paz mundial (lo cierto es que si cambias los lugares geográficos, la esencia de la frase goza de total vigencia y actualidad).
Pues eso, ¡FUERA DE CHILE, FUERA DE ARGENTINA, FUERA LOS YANKIS DE AMÉRICA LATINA!
Oye, si tienes petróleo u otra materia prima te visitará el Tio Sam "pa" darte su medicina; te dirá: esta situación no puede continuar, necesitas una dosis de democracia y libertad.