Lo sabían los tres. Ella era la compañera de Kafka. Kafka lo había soñado. Lo sabían los tres. Él era el amigo de Kafka. Kafka lo había soñado. Lo sabían los tres. La mujer le dijo al amigo: Quiero que esta noche me quieras. Lo sabían los tres. El hombre contestó: Si pecamos, Kafka dejará de soñarnos. Uno lo supo. No había nadie más en la tierra. Kafka se dijo: Ahora que se fueron los dos, he quedado solo. Dejaré de soñarme
Está bien que se mida con la dura sombra que una columna en el estío arroja o con el agua de aquel río en que Heráclito vio nuestra locura
El tiempo, ya que al tiempo y al destino se parecen los dos: la imponderable sombra diurna y el curso irrevocable del agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos otra substancia halló, suave y pesada, que parece haber sido imaginada para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumento de los grabados de los diccionarios, la pieza que los grises anticuarios relegarán al mundo ceniciento.
Del alfil desparejo, de la espada
inerme, del borroso telescopio, del sándalo mordido por el opio del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién no se ha demorado ante el severo y tétrico instrumento que acompaña en la diestra del dios a la guadaña y cuyas líneas repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso deja caer la cautelosa arena, oro gradual que se desprende y llena el cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana arena que resbala y que declina y, a punto de caer, se arremolina con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma e infinita es la historia de la arena; así, bajo tus dichas o tu pena, la invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene nunca la caída yo me desangro, no el cristal. El rito de decantar la arena es infinito y con la arena se nos va la vida.
En los minutos de la arena creo sentir el tiempo cósmico: la historia que encierra en sus espejos la memoria o que ha disuelto el mágico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego, Cartago y Roma y su apretada guerra, Simón Mago, los siete pies de tierra que el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable hilo sutil de arena numerosa. No he de salvarme yo, fortuita cosa de tiempo, que es materia deleznable.
He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado.
La patria es este portal que me da techo, la columna donde apoyo la vejez y espero el remedio del tiempo para mis heridas. Es el suelo o el sofá prestado donde sueño y dos huecos como balas que son mis hijos.
Es el zumbido del mar que me ensordece con una dolorosa canción de desamor, mientras naufrago a una isla imaginaria. Son dos o tres recuerdos y nada más, ni una rosa blanca ni una bandera, solamente yo, mi equipaje y el viento.
León de la Hoz (Santiago de Cuba, 1957)
Alta traición
No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos.
¿Qué es el insomnio? La pregunta es retórica; sé demasiado bien la respuesta.
El insomnio es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace ya muchos años, es saberse culpable de velar cuando los otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y de seguir siendo, es el alba dudosa.
¿Qué es la longevidad?
Es el horror de ser en un cuerpo humano cuyas facultades declinan, es un insomnio que se mide por décadas y no con agujas de acero, es el peso de mares y de pirámides, de antiguas bibliotecas y dinastías, de las auroras que vio Adán, es no ignorar que estoy condenado a mi carne, a mi detestada voz, a mi nombre, a una rutina de recuerdos, al castellano, que no sé manejar, a la nostalgia del latín, que no sé, a querer hundirme en la muerte y no poder hundirme en la muerte, a ser y seguir siendo.
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire. El que agradece que en la tierra haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo. Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986)
Se nos marcha este abril confinado y eterno, y buscando un tema que acompañara a este poema de Borges, me tropecé con esta canción que era la sintonía de una serie de televisión de mis años mozos (si, es cierto, ha llovido desde entonces, pero ¿qué queréis?, es lo que tiene nacer antes).
Los más jovencitos igual os reís pero los que seguro que lo hacen son los que recuerdan, como yo, de qué serie estamos hablando (como pasatiempo para el que no lo sepa ya tenéis ocupado un rato buscando y leyendo sobre la serie, incluso puede que encontréis algún sitio donde verla, jeje). Un profesor de instituto, normal y corriente, se agencia un traje de superhéroe que le da poderes y se dedica, junto a un agente del FBI, a deshacer entuertos e intentar que triunfe la justicia. Estos tiempos que vivimos nos han demostrado que los verdaderos superhéroes no necesitan traje ni capa, los verdaderos superhéroes son las personas normales, comunes y corrientes que hacen su trabajo en las condiciones que sean que, curiosamente, nunca son las que deberían ser, teniendo en cuenta la importancia del trabajo que realizan. La pena es que solo nos damos cuenta cuando llegan circunstancias excepcionales como las que sufrimos en estos días. En nuestra mano está cambiar esas circunstancias y que no se nos olvide, cuando todo esto haya pasado, de dónde venimos, quienes y qué cosas conforman lo verdaderamente importante. Tanto Borges en su poema como Joey Scarbury en su canción abundan en la idea del maestro Eduardo Galeano, cuando dijo que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo; no dejéis nunca de creer en ello. ¡Salud y fuerza para creer que se puede combatir la injusticia y cambiar el mundo!
Arte Poética Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño que sueña no soñar y que la muerte que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo de los días del hombre y de sus años, convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso un triste oro, tal es la poesía que es inmortal y pobre. La poesía vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara nos mira desde el fondo de un espejo; el arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable que pasa y queda y es cristal de un mismo Heráclito inconstante, que es el mismo y es otro, como el río interminable.
Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986)
los astros y los hombres vuelven cíclicamente; los átomos fatales repetirán la urgente Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.
En edades futuras oprimirá el centauro con el casco solípedo el pecho del lapita; cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita noche de su palacio fétido el minotauro.
Volverá toda noche de insomnio: minuciosa. La mano que esto escribe renacerá del mismo vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo. (David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).
No sé si volveremos en un ciclo segundo como vuelven las cifras de una fracción periódica; pero sé que una oscura rotación pitagórica noche a noche me deja en un lugar del mundo
que es de los arrabales. Una esquina remota que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste, pero que tiene siempre una tapia celeste, una higuera sombría y una vereda rota.
Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja esta rosa apagada, esta vana madeja de calles que repiten los pretéritos nombres
de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez... Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas, las repúblicas, los caballos y las mañanas, las felices victorias, las muertes militares.
Las plazas agravadas por la noche sin dueño son los patios profundos de un árido palacio y las calles unánimes que engendran el espacio son corredores de vago miedo y de sueño.
Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras; vuelve a mi carne humana la eternidad constante y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante: «Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma; Y uno aprende que el amor no significa acostarse, y que una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender… Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes… y los futuros tienen su forma de caerse por la mitad.
Y uno aprende que si es demasiado hasta el calor del sol puede quemar.
Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… y así cada día.
Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.
Con el tiempo comprendes que sólo quién es capaz de amarte con tus defectos y sin pretender cambiarte puede brindarte toda la felicidad.
Con el tiempo aprendes que si estás con una persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.
Con el tiempo aprendes que los verdaderos amigos son contados y quién no lucha por ellos, tarde o temprano, se verá rodeado sólo de falsas amistades.
Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en momentos de ira siguen hiriendo durante toda la vida.
Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es atributo sólo de almas grandes.
Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente es muy probable que la amistad nunca sea igual.
Con el tiempo te das cuenta que aún siendo feliz con tus amigos, lloras por aquellos que dejaste ir.
Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida, con cada persona, es irrepetible.
Con el tiempo te das cuenta que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá multiplicadas las mismas humillaciones o desprecios.
Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el sendero del mañana no existe.
Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas y forzarlas a que pasen ocasiona que al final no sean como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.
Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás a los que se marcharon.
Con el tiempo aprenderás a perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, pues ante una tumba, ya no tiene sentido.
Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres, y jugaría con más niños, si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años... y sé que me estoy muriendo.
Nadine Stair (atribuido por error a Jorge Luis Borges) "Siempre lo
intentaste. Siempre fallaste. No importa. Inténtalo otra vez. Falla de nuevo.
Falla mejor" Samuel Beckett
el peroné, la tibia, las narices, la frente, los tobillos, las axilas, el menisco, la aorta, las varices. La garganta, los párpados, las cejas, las plantas de los pies, la comisura, los cabellos, el coxis, las orejas, los nervios, la matriz, la dentadura.
Las encías, las nalgas, los tendones, la rabadilla, el vientre, las costillas, los húmeros, el pubis, los talones.
La clavícula, el cráneo, la papada, el clítoris, el alma, las cosquillas, esa es mi patria, alrededor no hay nada.
Joaquín Sabina Nadie es patria, todos lo somos. Jorge Luis Borges No he nacido para sólo un rincón, mi patria es todo el mundo. Séneca
El Tango tiene un origen infame, que se nota. Jorge Luis Borges
En mi país cambian los presidentes y no dicen nada, cambian los obispos, los cardenales, los jugadores de fútbol, cualquier cosa, pero el tango, no. El tango hay que dejarlo así como es: antiguo, aburrido, igual, repetido.
Ástor Piazzolla
La vida es un tango, si te resbalás, seguí bailando Anónimo
¿ En que reino, en qué siglo, bajo que silenciosa conjunción de los astros, en que secreto día que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa y singular idea de inventar la alegría? Con otoños de oro la inventaron. El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones como el río del tiempo y en el arduo camino nos prodiga su música, su fuego y sus leones. En la noche de júbilo o en la jornada adversa exalta la alegria o mitiga el espanto el ditirambo nuevo que este dia le canto Otrora lo cantaron el arabe y el persa Vino, enseñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.