Leer un libro de pie, sentada, llorando, haciendo el amor, desnuda, con el café en la mano, con un poco de droga en los bolsillos, con un cuchillo entre las venas, sin ganas de aprender, sin horarios, sin ruta de navegación y sin remos. Leerlo con ganas, a prisa, sudando, acongojada. Leerlo en los parques, en los aviones, en los edificios públicos, en las peluquerías y los trenes. Leerlo con hambre, sin fe y sin justicia, leer por leerlo, leerlo entre el pan y la mañana.
Me jalas hacia ti de la camisa con tu mano como si fueras a caer Me jalas hacia ti como si yo me fuera Dices ya pero no sé a quién intentas frenar Tú siempre te estás yendo Dices con tu mano lo que nunca me dices Dices/sin decir/dos palabras que habrás de decir/demasiado tarde Dos palabras en un DM //siempre fue y será así// Nunca digas adiós aunque sea cierto Hazlo otra vez como si fuera imposible Hazlo otra vez como si fuera pecado Hazlo otra vez como si fuera un combate Hazlo otra vez como si fuera una cura como si fuera un fantasma como si fueras a derribarme Hazlo como si fuera una rebelión como si fuera un extraño como si fueran/dos palabras que habré de decir/demasiado tarde Dos palabras en un DM:
Días y noches te he buscado sin encontrar el sitio en donde cantas te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo te has perdido entre las lágrimas
Noches y noches te he buscado sin encontrar el sitio en donde lloras porque yo sé que estás llorando me basta con mirarme en un espejo para saber que estás llorando y me has llorado
Sólo tú salvas el llanto y de mendigo oscuro lo haces rey coronado por tu mano
Instrucciones para mirar por la ventana Primero, busque una ventana.
Si bien esto puede sonar obvio, antes de elegir la suya tiene que saber que existen varios tipos de ventanas: estáticas y en movimiento, altas y bajas, agrupadas y solitarias. De la combinación entre ventanas altas, agrupadas y en movimiento surgen los aviones; las ventanas altas y estáticas solo se encuentran en los edificios; las bajas y en movimiento suelen reunirse en los autos; y las bajas, estáticas y solitarias son quizá las más frecuentes. Elija la que elija, lo importante es que le quede cómoda y que sirva a sus intereses. No intente mirar por la ventana de un avión si usted se quedó en el aeropuerto, tampoco pretenda verle los zapatos al vecino desde un piso dieciocho.
Las ventanas bajas permiten una interacción mucho mayor con la vida cotidiana de los demás ya que le dan una vista privilegiada del corte de pelo de la señora de al lado, de la bolsa de los mandados del nene y de las discusiones entre la pareja que vive al final de la calle. Las ventanas ubicadas en pisos altos le ofrecen una vista panorámica de la ciudad, le permiten señalar con el dedo el Obelisco, la Torre Eiffel y hasta la torre más alta de China, pero no le dan la posibilidad de ver la fila de hormigas que avanza por el empedrado. Si está en estado meditativo, le recomendamos una ventana alta; si está en estado contemplativo, una baja.
Lo importante es que la ventana elegida quede a la altura de sus ojos. Es recomendable que no tenga que acostarse en el piso ni saltar repetidas veces para poder ver qué hay del otro lado —aunque, si prefiere eso, nadie se lo prohíbe—. Así que ahora sí, una vez que tiene su ventana, póngase cómoda. Use una silla si quiere, aunque la posición que recomendamos es la siguiente: cuerpo inclinado contra las rejas o contra la pared, antebrazos apoyados de manera paralela sobre la baranda o sobre el marco, si la altura se lo permite, cabeza en alto, mirada hacia adelante. Puede ponerse un almohadón bajo los brazos si piensa pasar varias horas.
Y ahora mire, no importa qué, no importa si no sabe qué debe mirar, usted mire como si tuviese certezas, mire con fuerza, mire como los gatos, con intensidad, concéntrese en esa actividad como si fuese la única razón de su existencia, mire bien a cada persona que pasa, siga su trayecto con un movimiento de cabeza, sonríale si le sonríen, no hable si no le dicen nada, salude a sus conocidos, mantenga conversaciones acerca del tiempo, las nuevas reglamentaciones del municipio, los problemas que hay con los perros que revuelven la basura, las notas que sacó su hijo en el colegio.
Mire, respire, sienta el viento, o el calor, o la brisa, analice las nubes, prediga que va a llover. Y, sobre todo, escuche: no hay sonido más reconfortante y más ignorado que el de la vida cotidiana. Cuando siente que ya miró suficiente, que absorbió el mundo con los ojos, aléjese de la ventana y prosiga con sus tareas.
Esta es una actividad que se realiza mejor en dos momentos de la vida. Los expertos en mirar por las ventanas bajas y en movimiento son los niños; los más profesionales en el mirado a través de ventanas bajas y estáticas son los abuelos. Así que no se preocupe si siente que no le encuentra la gracia o que los demás lo hacen mejor que usted. Una de dos: recuerde cómo miraba cuando era niño o deje que el paso del tiempo le enseñe a observar por segunda vez.
«El
calor me hizo despertar al filo de la medianoche. Y el sudor. El cuerpo
de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se
desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de lodo. Yo me
sentía nadar entre el sudor que chorreaba de ella y me faltó el aire que
se necesita para respirar. Entonces me levanté. La mujer dormía. De su
boca borbotaba un ruido de burbujas muy parecido al del estertor.
Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí.
Y es que no había aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula de agosto.
No
había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca,
deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir,
cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis
dedos para siempre.
Digo para siempre.
Tengo
memoria de haber visto algo así como nubes espumosas haciendo remolino
sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su
nublazón. Fue lo último que vi.»
Corría el año 1976 cuando The Kinks, conscientes de que llevaban un tiempo sin el favor del gran público, intentaron recuperar un poco de su popularidad y ganar algo de dinero con este tema navideño, tras experimentar con nuevos sonidos y grabar alguna opera rock.
Con una letra cargada de ironía y crítica hacia las costumbres absurdas que invaden la vida de las personas durante la Navidad, intentan poner un poco de cordura y contenido social a una época del año en el que todos, arrastrados por el supuesto espíritu navideño, nos vemos envueltos en una espiral consumista y de culto a lo material, de la que no somos conscientes (o sí somos conscientes pero nos dejamos arrastrar igualmente, lo que resulta aún más patético). Incluido como pista adicional en la reedición en CD del album "Misfits" de 1978, espero que este antivillancico envuelto para regalo con el mejor rock de The Kinks, nos haga reflexionar, pero sobre todo disfrutar.
Por cierto, no deja de suponer una ironía en sí mismo, que los hermanos Davies y compañía, aprovechen la inercia de lo que están criticando para ganar fama y dinero, pero bueno, como decía Osgood Fielding III en la maravillosa "Con faldas y a lo loco", ¡nadie es perfecto!.
En 1970 y tras un largo periodo de sequía, The Kinks lanzaron este tema que se convirtió en todo un éxito y que formaba parte del álbum "Lola Versus Powerman and the Moneygoround, Part One"
Según parece, la canción narra la historia de "amor" entre el manager del grupo, Robert Wace, y un travesti que conoce en el Soho londinense y con el que se pasa bailando toda la noche.Cuentan que le dijeron a Robert "¿Has visto su barba?" y él dijo "Sí", pero creo que estaba demasiado ebrio para importarle, o quizas me equivoco..."
Como curiosidad podemos apuntar que la canción original contenía la marca Coca Cola, pero debido a que la cadena BBC, no aceptaba muy bien que aparecieran marcas comerciales en las canciones se sustituyó por Cherry Cola. Gracias a esta canción The Kinks lograron recuperar el sitio que habían perdido tras un periodo no demasiado fructífero, musicalmente hablando.
Con Lola cerramos el ciclo dedicado a las canciones con nombre de mujer y abrimos el mes de Junio, en el que el blog recuperará la "normalidad".
Último tango, Brando, mantequilla, hombre tranquilo, peleas y tabernas, Audrey Hepburn, la lluvia de Sevilla, Scarlett, Marilyn, Marlene, eternas.
De Niro, Newman, Redford y Al Pacino. Niven y Peck asaltan Navarone, el Rick's Café se juegan a los chinos Steve McQueen y Vito Corleone. Atticus Finch, Keaton, cara de palo Ingrid Bergman y Bogart en París Clint Eastwood, con el feo y con el malo, Frank Capra grita ¡que bello es vivir! con música de Ennio, Rota y Lalo, Federico y Giulietta vis a vis.
En los 60 y 70 alcanzaron la fama; luego estuvieron en activo hasta mediados de los 90. Grabaron un buen puñado de discos y la canción que nos ocupa llegó a los primeros puestos de las listas del año 1964 y a figurar en innumerables listas del tipo "las 100 mejores caciones de la decada de los 60". Sin duda se trata de un gran tema...