He guardado mis penas bajo el manto de una noche de verano Dándole a cada breve tormenta el espacio que le toca en el tiempo, En silencio, persiguiendo historias catastróficas enterradas en mis ojos, Y sí, el mundo no es cualquier Partida Cósmica sin jugar, Y el sol sigue a noventa y tres millones de millas de mí, Y en el bosque imaginario, el redondeado hipopótamo se convierte en el unicornio gay. No, mi movimiento no incluye a los confusos guardianes de los desastres de ayer, Exploradores del destripamiento manifiesto en las empaladas de los dolores de ayer. Los blues vienen vestidos como los ecos introspectivos de un viaje. Y sí, he buscado los aposentos de la luna en las frías noches de verano. Y sí, he revivido una y otra vez esos encuentros interminables, Inmóviles, aún sin terminar. Y sí, a veces he querido ser algo diferente.
Las tragedias se cantan cada noche en los funerales del poeta;
El alma revisitada se cubre con el aura de la familiaridad.
Bob Kaufman (Nueva Orleans, 1925-San Francisco, 1986)
te busco. No en tu nombre, si lo dicen no en tu imagen, si la pintan. Detrás, detras, más allá. Por detrás de ti te busco. No en tu espejo, no en tu letra, ni en tu alma Detrás, más allá. Tambien detrás, más atrás de mí te busco. No eres lo que yo siento de ti. No eres Io que me está palpitando con sangre mía en las venas, sin ser yo. Detrás, más allá te busco. Por encontrarte, dejar de vivir en ti, y en mí, y en los otros. Vivir ya detrás de todo, al otro lado de todo —por encontrarte—, como si fuese morir.
Ya empieza tu sonrisa, como el son de la lluvia en los cristales. La tarde vibra al fondo de frescura, y brota de la tierra un olor suave, un olor parecido a tu sonrisa, y a mover tu sonrisa como un sauce con el aura de abril; la lluvia roza vagamente el paisaje, y hacia adentro se pierde tu sonrisa, y hacia dentro se borra y se deshace, y hacia el alma me lleva, desde el alma me trae, atónito, a tu lado. Ya tu sonrisa entre mis labios arde, y oliendo en ella estoy a tierra limpia, y a luz, y a la frescura de la tarde donde brilla de nuevo el sol, y el iris, movido levemente por el aire, es como tu sonrisa que se acaba dejando su hermosura entre los árboles…
Monten en camello. Lean la biblia. Tiñan sus zapatos de azul.
Déjense la barba. Den la vuelta al mundo en una canoa de papel. Suscríbanse al Saturday Evening Post. Mastiquen solo por el lado izquierdo de la boca. Cásense con una mujer que tenga una sola pierna y aféitense con navaja. Y graben sus nombres en el brazo de ella. Lávense los dientes con gasolina. Duerman todo el día y trepen a los árboles por la noche. Sean monjes y beban perdigones y cerveza. Mantengan la cabeza bajo el agua y toquen el violín. Bailen la danza del vientre delante de velas rosas. Maten a su perro. Preséntense al alcalde. Vivan en un barril. Pártanse la cabeza con un hacha. Planten tulipanes bajo la lluvia. Pero no escriban poesía.
Buscar una cosa es siempre encontrar otra. Así, para hallar algo, hay que buscar lo que no es.
Buscar al pájaro para encontrar a la rosa, buscar el amor para hallar el exilio, buscar la nada para descubrir un hombre, ir hacia atrás para ir hacia delante.
La clave del camino, más que en sus bifurcaciones, su sospechoso comienzo o su dudoso final, está en el cáustico humor de su doble sentido. Siempre se llega, pero a otra parte.
con tan solo ir al cuarto, cerrar la puerta y colocar “No molestar” en la manilla.
Adentro, se supone, se encuentra uno con uno, el yo definitivo se encarna, la calma, pues, debería ser la reina porque la soledad, tras ese ritual, se ha hecho presente.
Pero las cuentas agobian, desde el centro de donde se piensa, y desde afuera, con su látigo verdugo; ah, y los problemas, ¡las quejas de todos!,
¡la globalización!…
Ni hablar del resto de responsabilidades, personas que aguardan, rutinas… el perro afuera, el árbol que nos mira y nos culpa, las cortinas, ¡todo!
¿Soledad? ¡Pamplinas!, aquí no se está solo ni un día.
Jean Jacques Rousseau dijo que la única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna. Le quedó muy bonita la cita al filósofo ginebrino, pero, bajando a la cruda realidad, ¿qué sería de los adultos sin el orden que facilitan las rutinas?
A mi primo Ignacio, sin ir más lejos, en los trece meses que pasó en la capital de España mientras hacía el servicio militar le atracó dos veces el mismo ladrón (“un tipo gordo, alto y con coleta”), a la misma hora (las siete de la tarde), en el mismo lugar (las inmediaciones de la estación de metro de Antón Martín) y el mismo día de la semana: un sábado (dos sábados, quiero decir).
En la segunda ocasión mi primo, sin cartera y sin orgullo, después de recriminarle al ladronzuelo que le asaltara por segunda vez en menos de un mes, le rogó que al menos le dejara dinero suficiente para tomar un taxi y volver al cuartel. El ladrón se apiadó de él y le prestó a mi primo algunas de las monedas que acababa de quitarle navaja en mano.
Sirva esta pequeña historia, querido Rousseau, para recalcar el hecho de que el ser humano es como es y, llegada la hora de cometer sus delitos, incluso los ladrones son gentes de costumbres… y a veces sus víctimas también.
Aquel cuyo apretón de manos es un poquito más firme, aquel cuya sonrisa es un poquito más luminosa, aquel cuyos actos son un poquito más diáfanos; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien más pronto da que pide, aquel quien es el mismo hoy y mañana, aquel quien compartirá tu pena igual que tu alegría; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel cuyos pensamientos son un poquito más puros, aquel cuya mente es un poquito más aguda, aquel quien evita lo que es sórdido y mísero; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien, cuando te vas, te extraña con tristeza, aquel quien, a tu retorno, te recibe con alegría; aquel cuya irritación jamás se deja notar; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien siempre está dispuesto a ayudar, aquel cuyos consejos siempre fueron buenos, aquel quien no teme defenderte cuando te atacan; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien es risueño cuando todo parece adverso, aquel cuyos ideales nunca has olvidado, aquel quien siempre da más de lo que recibe; ese es a quien yo llamo un amigo.