Vivimos esperando a que la vida nos espere. La vida es lenta, muy lenta, y nosotros vamos rápido, muy rápido. Comemos rápido, hablamos rápido y dormimos rápido, mientras la vida no entiende de esos espacios temporales estresados. La vida es eso que pasa mientras nosotros corremos. Vivimos esperando el momento perfecto, sin utilizar el momento y hacerlo perfecto. Ese momento donde nos preocupamos más por lo material que por nosotros mismos. Vivimos esperando que la jornada termine para llegar a casa, vivimos esperando que sea viernes (olvidando que el que no es feliz un miércoles tampoco lo será el fin de semana). Vivimos esperando que lleguen los puentes, las vacaciones, el verano… Vivimos esperando que pase algo, y lo único que pasa es la vida.
Ya no será ya no no viviremos juntos no criaré a tu hijo no coseré tu ropa no te tendré de noche no te besaré al irme nunca sabrás quién fui por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo nunca ni si era de verdad lo que dijiste que era ni quién fuiste ni qué fui para ti ni cómo hubiera sido vivir juntos querernos esperarnos estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú ya no serás para mí más que tú. Ya no estás en un día futuro no sabré dónde vives con quién ni si te acuerdas. No me abrazarás nunca como esa noche nunca.
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestaciónde personalidades. En mi, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo – me pregunto – todas estas personalidades inconfesabIes, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta detacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas, a todas juntas, a la mierda.
Verano para prosa y limones, para desnudez y languidez, para la eterna indolencia del regreso imaginado, para flautas singulares y pies descalzos, y el dormitorio de agosto con sábanas enredadas y la sal del domingo, ¡ah, violín!
Cuando aprieto juntos los atardeceres de verano sale un mes de acordeones callejeros y surtidores que alivian el polvo, pequeñas sombras que huyen de mí.
Es música que empieza y acaba, Italia mía, en Bleecker, ciao, Antonio, y los gritos de niños que juegan en el agua rompiendo el cielo rosado en tiras de papel; es atardecer en la nariz y el aroma del agua por calles sucias que no conducen al agua, y reunir islas y limones en la mente.
Está el Hudson, como el mar en llamas. Te desnudaría en el calor del verano, y reiría y secaría tu carne húmeda si vinieses.
No morimos de golpe, morimos por pedazos, morimos por instantes. Primero es el cordón umbilical, luego el diente de leche, la amígdala, el uñero; por células, por órganos imperceptiblemente vamos feneciendo. De afección consuntiva se muere la inocencia; cada mañana en el lavabo se tronchan fulminados los cabellos y entre gravámenes y fechas nos llega el exterminio. La piel, a fuego lento, comienza a derrengarse. Al principio es una millonésima de parte, luego la décima, la tercera, después es invasiva, incontenible hasta que se nos hace Zombie el cuerpo. Vamos así arañando los días con los dientes. Luego viene el golpe final, cae en cama el amor y nunca vuelve a levantarse.
y terminado en siete. No es redondo, no invita a celebrar aniversarios. A los veintisiete estaba en el esplendor de su carrera (era la morsa) y se daba el lujo de cantar algunas calles que ahora nos pertenecen a todos. Juré visitar algún día esas calles. Pero el destino, que no sabe de juramentos, me llevó primero al Central Park. Allí lo recuerda un círculo (siempre lleno de flores) y en él una palabra: IMAGINE. Comencé por el final. Siempre comencé por el final. Escuché a los Beatles cuando se habían disuelto, y por cobrarme diez años los vengo escuchando casi treinta. Lo demás es historia. George sobrevivió a las puñaladas de un loco y dijo adiós. A Paul se le murió Linda y sobrevivió a un divorcio. Ringo ha perdido algo de pelo, no esa sonrisa bonachona de quien finge no tomarse en serio. Hace veintisiete años mataron a John Lennon. Yo tenía veinte, mi hermano diecinueve. Los dos nos encerramos a escuchar sus canciones y lloramos en silencio. Nunca habíamos llorado juntos. Tal vez ni se acuerde. Cuando lo vea voy a preguntarle.
Por el Este amanece en el smartphone y ella abre un ojo para clavarlo en la pantalla.
Afuera hace sol y un mirlo blanco viene a posarse en la rama de la acacia, pero no importa: nada supera al tuit -salvo el retuit- y ella es absorbida, como Alicia, por el País de las Redes Sociales.
El día se convierte en bombardeo y cuesta pensar más de dos segundos en la misma simple cosa. mientras ella asiste a los prodigios digitales, fuera un niño refuta la existencia del bosón, Cartago es destruida y comienza el invierno nuclear.
Alicia hace click, y click, y click, y doble click, siguiendo al Conejo Blanco, al Sombrerero Loco, porque da mucho miedo enfrentar este vacío. mejor decir ‘me gusta’ e iniciar la larga huida hacia delante – haciendo scroll.
(Manifiesto:
la vida es aquello que ocurre mientras la web se carga los seres queridos son avatares pixelados los estados de ánimo eufóricas flamencas y la muerte no es más que un pantallazo azul; la carne, el hueso y la sangre nos dan asco porque preferimos parecernos a un androide que a un cocido madrileño)
Ajeno a todo esto, el sol, que es analógico, se derrumba y anochece, y Alicia se despide cariñosa de su smartphone. Antes de apagar la lucecita piensa que ya solo quedan ocho horas:
con un poco de suerte, suspira, soñará con un estado de Facebook que cambiará el mundo. Pero en su sueño reina la Reina de Corazones, que grita: ¡que le corten la cabeza!
No me impongas el silencio Tengo una historia que contar Quítame esta cadena de los pies.
Ven, hombre, egoísta, ven Abre las rejas de esta jaula Me hiciste prisionera de por vida Libérame para mi último vuelo. Soy ese pájaro Que desde hace tiempo sueña con volar Mi canto se hizo suspiro En mi apesadumbrado corazón Mis días huyeron en lamentos (…) Hombre, detén esta fábula del honor La vergüenza me colmó de un placer delirante El dios que me dotó de un corazón de poeta Sabrá perdonarme. Ábreme la puerta Para que me escape por el cielo limpio. Déjame volar Y seré una flor en el jardín de la poesía.
Yo pensaba que mi madre, estaba en su tumba fría, y la he encontrado en mis ojos, llevo su boca en la mía. Mis andares son los suyos, mis gestos y mi mirada. Si me dirijo a mis hijos, utilizo sus palabras. Todo lo que ella decía, lo digo sin darme cuenta. Toso como ella tosía, gasto las bromas de ella. Las madres no se van nunca, se quedan en los espejos, para ver cómo sus hijos, se les van haciendo viejos.
Ven a nosotros ya, tarde de Viernes, danos un sorbo de café y canela, y una lenta bocanada del narguile que frene los precisos engranajes de la prisa. La paz sea con vosotros, administrativos de la oficina A, id felices, blandiendo
llaves de coches que os llevarán a un dichoso atasco de Viernes, porque después, se os depara sofá y televisión. Y a los que preferís los sofocados clubs de música decantaos por cócteles de pociones embriagantes, y por la familiar cerveza, espumadora de bigotes y cosquilleante de labios, incitándoos a la caza del salado aperitivo, igual que a chistes sobre el escotazo de la nueva camarera. Deléitanos, Viernes, con el susurro del tabaco de liar, cántanos los teléfonos de las chicas más locuelas, las que bailan sobre las mesas como en las películas americanas de bajo presupuesto. Oh, Viernes, amo el tornasol de tu cobijo y la emoción de procrastinar las tareas hasta el lunes, como soterradas en la cueva de un dragón vencido, con una perforadora de papel en lugar de afilada mandíbula. Soy persona humilde, que trabaja como una hormiga cada día, entregando manso las horas de mañanas y tardes, pero también anhelo los portazos del Viernes y el alborozado trasiego en las escaleras. Yo mismo trabajé hace tiempo en la oficina A y trataba de ligar con las secretarias, sentadas en soledad ante las puertas de entrada, y en el descanso del almuerzo vagaba por el vecindario. Ahora veo el viernes como una ciudad, de donde me alejé, y en sueños a veces recorro, de sol radiante, o luces de neón, que bulliciosa aguarda la noche.
Serguéi Timoféev (Riga, 1970)
Traducción: Antonio Sánchez Carnicero y Marco Vidal González