«Llovió esta tarde y frente a mi casa, en el empedrado lleno de baches, se ha formado un charco. Parece un pedazo de espejo tirado en medio de la calle. Al anochecer, sereno ya el tiempo, unos gorriones que tienen sus nidos enfrente, en el cerco de las campanillas azules, vinieron a beber de él. Fue luego un can vagabundo, flaco y peludo, que se acercó a apagar su sed en el charco. Ahora, al reflejar un trozo de cielo, se ha llenado de estrellas. Y mañana, al alba, se irisará con todos los colores de la aurora. Pero después, cuando pasen para el mercado los carros de verdura y de fruta, más de un pesado casco de mulo desgarrará su agua serena. Y el sol, más tarde, lo absorberá gota a gota, hasta que el bache vuelva a quedar seco, con un triste aspecto de esqueleto. El charco, entonces, se habrá ido a las nubes, como dicen que las almas de los buenos se van al cielo después de haber vivido su vida como un hombre noble y soñador: apagando bondadosamente la sed de los dulces pájaros y de los perros sin dueño; reflejando estrellas; sintiendo en sus entrañas vivas la dura pezuña de los mulos que pasan. O, lo que es lo mismo: amando, soñando, sufriendo»
Empuñemos la vida aunque vayamos a perderla. Desde el callejón oscuro de la edad silenciada, contra el muro infame de «las cosas no cambian». Es la hora del grito ingenuo y poderoso, el momento de que los cuerpos en primavera fabriquen verdades honestas para la gran revolución.
Viajemos miles de kilómetros hasta encontrar unos labios que amar. Huyamos de la oficina segura, que el pan no amordace nuestra esperanza. Azotemos las aceras durmientes, desnudemos a mordiscos la rutina. Protejamos las amistades vertiginosas, abrazando los defectos, mimando el imprevisto.
Decidamos armados de honradez porque no hay peor engaño que el que se hace uno mismo. Removamos pueblos y ciudades en busca de políticos limpios. ¡Demos un paso al frente cuando suene esa maldita música! La de «esto funciona así», la de «este es el mundo real». Protejamos el instante que es nuestro. Caminemos millonarios de diferencias porque serán invencibles puestas en común. Demostremos al jefe que lo nuevo puede ser bueno, que el entusiasmo debutante no se paga con dinero.
Adiós a las banderas del odio, a las patrias inflamadas. Adiós a las sonrisas condescendientes que nos disparan. Basta de diluir la fuerza en opio y anestesia, basta de quejas sin sudor, ¡basta de autocomplacencia! A las trincheras, que el tiempo se acaba. Conspiremos desde nuestros parlamentos, que son los bares con servilletas de papel.
Ese lugar más justo está en alguna parte. Empujemos cuando nos digan que no, lleguemos exhaustos al atardecer de la decepción. Porque entonces, y sólo entonces, nos suplicará la eternidad: Quédate, quiero saber de tu pasado.
Sentarse los dos a la orilla del agua que pasa y verla pasar. Si se desliza una nube en el espacio, verla, los dos, deslizarse.
Si en el horizonte humea un tejado de paja,verlo humear. Si alguna flor perfuma los alrededores, perfumarse en ella también. Si nos apetece algún fruto que prueban las abejas, probarlo. Si en los bosques que lo escuchan, canta algún pájaro, escuchar.
A los pies de un sauce donde el agua murmura, oír el agua murmurar, y no sentir pasar el tiempo mientras dura ese sueño, ni poner una pasión profunda más que en adorarse.
No preocuparse de las mundanales querellas, ignorarlas. ¡Y, solos, felices sin cansarse ante todo lo que cansa, sentir, ante todo lo que pasa, no pasar el amor!
Hay días en que me despierto con siete dedos en cada mano, y días en que me despierto con un único brazo, y días en que tengo la cabeza abierta por su centro y se alza desde ella un arbusto frondoso, y días en que no atinan los pájaros que me trazan por dentro a hallar mi boca o mis oídos para salir al aire, y días en que tu sonrisa tiene siete cerraduras y ninguna llave, y días en que han ardido las lindes de mi campo y todo es mar o fuego sin frontera difusa. No sé si todos, pero yo hay días en que tengo los ojos llenos de respuestas y días en que no sé frenar mi decapitación tras la pregunta.
Si algo enseñan los años es la poca importancia que tiene todo. Todo,
tarde o temprano, pasa. El amor, que se va como viene. La vaga juventud, con sus sueños, sus grandes esperanzas. Días de vino y rosas, época de abundancia del corazón. El brillo. La belleza. Las ganas de llevarse a la vida por delante. Las fatuas ilusiones -estrellas que de pronto se apagan y nos dejan en una noche oscura del alma-. El dolor que creías interminable. El ansia por conseguir aquello que, conseguido, es nada. La vanidad, sus pompas: gloria, fortuna, fama, uno mismo, sus obras, sombras de un sueño, escarcha, rocío de una noche que el sol de otra mañana derrite, vanidades, espejismos, fantasmas...
Si algo enseñan los años es que todo se acaba. Que nada, en este juego, dura ni importa nada.
Ibamos a vivir toda la vida juntos. Ibamos a morir toda la muerte juntos. Adiós.
No sé si sabes lo que quiere decir adiós. Adiós quiere decir ya no mirarse nunca, vivir entre otras gentes, reírse de otras cosas, morirse de otras penas. Adiós es separarse ¿entiendes?, separarse, olvidando, como traje inútil, la juventud.
!Ibamos a hacer tantas cosas juntos! Ahora tenemos otras citas. Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes. La lluvia que te moja me deja seco a mí. Está bien: adiós. Contra el viento el poeta nada puede.
A la hora en que parten los adioses, el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas que vuelen sin cesar sobre tu sueño.
No eres libre: eres un esclavo con horario flexible.
Te venden la cuerda con la que te ahorcan.
La pobreza no es accidente, es arquitectura.
Nos tienen trabajando tanto que no tenemos tiempo de preguntarnos para quien trabajamos. Nos tienen perfectamente domesticados.
Nos criaron para el sacrificio, a no preguntar demasiado.
Nacemos con una deuda que no contraemos, vicios pagando por el derecho a existir, morimos dejando facturas pendientes. Alquilamos hasta el aire que respiramos.
Trabajamos toda la vida para comprar lo que otros producen con nuestro trabajo.
El mayor truco del poder es convencerte de que no existe alternativa.
No es crisis: es saqueo con relaciones públicas. Te cobran por nacer, por vivir, por morir.
Y en el medio te llaman contribuyente, no rehén.
La clase obrera vota por sus verdugos y llama traidor al que señala al verdugo.
Somos números en sus hojas de cálculo. Daño colateral en sus márgenes de ganancia.
Somos el ganado que elige a su carnicero, cada cierto tiempo, y lo llaman democracia.
La diferencia entre un matadero y una sociedad moderna es que, en el matadero, las reses, al menos, presentan resistencia.
Existe una aristocracia del crimen que nunca conocerá las celdas.
Y cuando el mundo arda por sus decisiones, ellos tendrán búnkeres mientras tú tienes esperanza.
¿Hasta cuándo seguiremos siendo cómplices de nuestra propia sumisión?
¿Cuántas generaciones más pagarán con su vida el lujo de unos pocos?
Despertar duele porque obliga a ver la jaula.
Pero solo quien ve la jaula puede pensar en salir.
Pregunta, duda, desobedece.
El sistema sobrevive de tu silencio, de tu cansancio, de tu resignación.
Quisiera estar en casa entre mis libros mi aire mis paredes mis ventanas mis alfombras raídas mis cortinas caducas comer en la mesita de bronce oír mi radio dormir entre mis sábanas. Quisiera estar dormida entre la tierra no dormida estar muerta y sin palabras no estar muerta no estar eso siquiera más que llegar a casa. Más que llegar a casa y ver mi lámpara y mi cama y mi silla y mi ropero con olor a mi ropa y dormir bajo el peso conocido de mis viejas frazadas. Más que llegar a casa un día de éstos y dormir en mi cama.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres, ¡Qué poco es un solo día, hermanas, qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas! De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos – toda la atropellada ruta de nuestras vidas – deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó las floridas avenidas postradas de pena de Londres). Nosotras queremos ver y oler las flores. Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras en vez de machos, queremos flores de los que nos cortaron el clítoris y de los que nos vendaron los pies. Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir a riesgo de nuestras vidas. Queremos flores del que se protege del mal pensamiento obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo, del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte.
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas y nos encerraron por locas, flores del que nos pega, del que se emborracha, del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos, flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos donde el agua de nuestros ojos se hace lodo; arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos, de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuanto nos corresponde. El jardín del que nos expulsaron.