Ibamos a vivir toda la vida juntos. Ibamos a morir toda la muerte juntos. Adiós.
No sé si sabes lo que quiere decir adiós. Adiós quiere decir ya no mirarse nunca, vivir entre otras gentes, reírse de otras cosas, morirse de otras penas. Adiós es separarse ¿entiendes?, separarse, olvidando, como traje inútil, la juventud.
!Ibamos a hacer tantas cosas juntos! Ahora tenemos otras citas. Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes. La lluvia que te moja me deja seco a mí. Está bien: adiós. Contra el viento el poeta nada puede.
A la hora en que parten los adioses, el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas que vuelen sin cesar sobre tu sueño.
No eres libre: eres un esclavo con horario flexible.
Te venden la cuerda con la que te ahorcan.
La pobreza no es accidente, es arquitectura.
Nos tienen trabajando tanto que no tenemos tiempo de preguntarnos para quien trabajamos. Nos tienen perfectamente domesticados.
Nos criaron para el sacrificio, a no preguntar demasiado.
Nacemos con una deuda que no contraemos, vicios pagando por el derecho a existir, morimos dejando facturas pendientes. Alquilamos hasta el aire que respiramos.
Trabajamos toda la vida para comprar lo que otros producen con nuestro trabajo.
El mayor truco del poder es convencerte de que no existe alternativa.
No es crisis: es saqueo con relaciones públicas. Te cobran por nacer, por vivir, por morir.
Y en el medio te llaman contribuyente, no rehén.
La clase obrera vota por sus verdugos y llama traidor al que señala al verdugo.
Somos números en sus hojas de cálculo. Daño colateral en sus márgenes de ganancia.
Somos el ganado que elige a su carnicero, cada cierto tiempo, y lo llaman democracia.
La diferencia entre un matadero y una sociedad moderna es que, en el matadero, las reses, al menos, presentan resistencia.
Existe una aristocracia del crimen que nunca conocerá las celdas.
Y cuando el mundo arda por sus decisiones, ellos tendrán búnkeres mientras tú tienes esperanza.
¿Hasta cuándo seguiremos siendo cómplices de nuestra propia sumisión?
¿Cuántas generaciones más pagarán con su vida el lujo de unos pocos?
Despertar duele porque obliga a ver la jaula.
Pero solo quien ve la jaula puede pensar en salir.
Pregunta, duda, desobedece.
El sistema sobrevive de tu silencio, de tu cansancio, de tu resignación.
Quisiera estar en casa entre mis libros mi aire mis paredes mis ventanas mis alfombras raídas mis cortinas caducas comer en la mesita de bronce oír mi radio dormir entre mis sábanas. Quisiera estar dormida entre la tierra no dormida estar muerta y sin palabras no estar muerta no estar eso siquiera más que llegar a casa. Más que llegar a casa y ver mi lámpara y mi cama y mi silla y mi ropero con olor a mi ropa y dormir bajo el peso conocido de mis viejas frazadas. Más que llegar a casa un día de éstos y dormir en mi cama.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres, ¡Qué poco es un solo día, hermanas, qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas! De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos – toda la atropellada ruta de nuestras vidas – deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó las floridas avenidas postradas de pena de Londres). Nosotras queremos ver y oler las flores. Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras en vez de machos, queremos flores de los que nos cortaron el clítoris y de los que nos vendaron los pies. Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir a riesgo de nuestras vidas. Queremos flores del que se protege del mal pensamiento obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo, del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte.
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas y nos encerraron por locas, flores del que nos pega, del que se emborracha, del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos, flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos donde el agua de nuestros ojos se hace lodo; arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos, de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuanto nos corresponde. El jardín del que nos expulsaron.
Leer un libro de pie, sentada, llorando, haciendo el amor, desnuda, con el café en la mano, con un poco de droga en los bolsillos, con un cuchillo entre las venas, sin ganas de aprender, sin horarios, sin ruta de navegación y sin remos. Leerlo con ganas, a prisa, sudando, acongojada. Leerlo en los parques, en los aviones, en los edificios públicos, en las peluquerías y los trenes. Leerlo con hambre, sin fe y sin justicia, leer por leerlo, leerlo entre el pan y la mañana.
Antaño, don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen en el pueblo por él nacido.
Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.
Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.
Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.
Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto el ataque de las ganzúas.
Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido todo a lo largo de su larga vida.
Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.
Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano. Y hasta San Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer.
Gente buena. Gente buena escondida. Bajo las piedras, pero escondida. Gente buena.
Gente buena escondida, paseando por la calle. Corriendo escondida por la calle. Gente buena en plazas, en parques, en vehículos, en bares, escondida, gente buena.
Gente buena escondida en “la” escuela. Gente buena dando clases en “la” escuela. Gente buena recibiendo clases en “la” escuela.
Gente buena y aún así, en “la” escuela. Gente buena.
Gente buena aparcando. Gente buena aparcando en tu vida. Gente buena de paso durante una noche o durante 30 años. Gente buena y aún así, de paso. Gente buena.
Gente buena coqueteando. Siempre asustada y a la vez deseando. Gente buena desconfiando de si delante tienen o no a gente buena... pero gente buena.
Gente buena quedándose, sin necesidad de hacerlo durante una noche o durante 30 años. Gente buena regalándose esperanza. Gente buena repitiéndose a si misma, en voz baja: “gente buena”.
Gente buena entrando y saliendo sin cesar del hormiguero. Gente buena apilada en el metro, constriñendo cada músculo hasta parecer gente neutra. Hasta parecer no gente... pero gente buena.
Gente buena en oficinas. Gente buena vendiendo bonos no buenos a gente buena. Gente buena comprando artículos no buenos a gente buena. Gente buena escondida, de lunes a viernes, en oficinas. Gente buena y aún así, en oficinas. Gente buena y aún así, especulando con lo único que posee otra gente buena. Gente buena olvidando. De lunes a viernes y de sábado a domingo. Gente buena y aún así, olvidando... pero gente buena.
Gente buena mirándose el ombligo. (Ombligo tras ombligo tras ombligo), hasta hacer de sus ojos dos ombligos. Hasta hacer de sus labios instrumento, para atraer a otros labios que les permitan poder, al fin, besar su propio ombligo. Gente buena saboreando la comisura de su ombligo. Gente buena eyaculando sobre gente buena, para que el impacto de su flujo rebote en esa piel y se pose después sobre si mismo.
Gente buena dilatando, segundo tras segundo el propio ombligo, sin darse cuenta que lo transforman en abismo. Gente-ombligo cayéndose a un abismo dentro de si mismos... pero gente buena.
Gente buena con la rabia en los labios. Gente buena con el alma vieja. Gente buena con el afecto podrido. Gente buena cargada de juicios. Gente buena haciendo verdad una mala mentira. 100 malas mentiras. Hasta parecer gente no buena... pero gente buena
Gente buena empuñando un arma. Gente buena exaltando una patria. Gente buena creyéndose bandera en vez de tierra. Gente buena con la ambición como credo. Gente buena predicando, quién SÍ es gente buena y quién NO es gente buena. Gente buena que, mantra tras mantra, tras mantra, repetido desde infancia, desde lactancia, desde adolescencia, mantra, tras mantra, tras mantra olvida lo que es ser gente buena. Y aún así, gente buena.
Gente buena y aún así, gente dormida. Gente buena y aún así, gente neutra. Gente buena y aún así, sin tomar partido. Gente buena y aún así, gente ciega. Gente buena y aún así, en la crítica atroz, despiadada, contra gente buena. Gente buena y aún así, en el prejuicio infundado, arcaico, contra gente buena. Gente buena y aún así, en los púlpitos. Gente buena y aún así, en la guerra. Gente buena y aún así, en el odio. Y así, al final, mantra, tras mantra, tras mantra, gente buena actuando como gente NO buena. Y así, al final, GENTE NO BUENA.
Y así, al final, ya sin esconderse, gente no buena, gente-mantra y gente-piedra.
Y aún así, gente perdida pero gente no muerta. Dándole patadas de esperanza a todas estas piedras que forman este inmenso búnker de salvaje supervivencia, haciendo que aparezca siempre, patada tras patada, tras patada a montones, a millones, bajo ellas, escondida... gente buena.
Salva Soler
Antonio Machado (Sevilla, 26 jul 1875-Colliure, 22 feb 1939) in memoriam.
Cada día, cuando entran en el barlo ven ahí, solo con su cerveza, ocupando el mismo lugar de la barra, dejando que las horas se deshagan. Casi todos lo miran con esa mezcla de superioridad
y alivio llamada condescendencia, haciéndose su propia idea sobre su soledad. Piensan en la vida que pudo tener para acabar así, solo, frente a una botella, maltrecho para siempre. Solo él sabe que no hay amor pasado ni corazón roto. Simplemente prefiere estar solo, observando a esos mismos tipos que encajan en este mundo y piensan en el daño que hace la soledad. Él no siente ningún dolor. Todo lo contrario. Simplemente tiene un secreto y está solo por eso: él sabe el daño que hacen los rebaños.
Sandra, uno mira hacia el norte el este el oeste el sur y comprueba una vez más que no hay salida, que no hay para dónde tomar, que todo está perdido
Entonces uno echa a un lado sus armas y muestra en alto una bandera blanca o un sábana blanca o una hoja de papel blanco o una toalla blanca o un cartón blanco o una baraja blanca o un paño de cocina blanco, lo que pueda
Y uno apaga las luces y sale con las manos en alto diciendo: “No puedo más, amor de mi vida, me entrego”.