Jean Jacques Rousseau dijo que la única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna. Le quedó muy bonita la cita al filósofo ginebrino, pero, bajando a la cruda realidad, ¿qué sería de los adultos sin el orden que facilitan las rutinas?
A mi primo Ignacio, sin ir más lejos, en los trece meses que pasó en la capital de España mientras hacía el servicio militar le atracó dos veces el mismo ladrón (“un tipo gordo, alto y con coleta”), a la misma hora (las siete de la tarde), en el mismo lugar (las inmediaciones de la estación de metro de Antón Martín) y el mismo día de la semana: un sábado (dos sábados, quiero decir).
En la segunda ocasión mi primo, sin cartera y sin orgullo, después de recriminarle al ladronzuelo que le asaltara por segunda vez en menos de un mes, le rogó que al menos le dejara dinero suficiente para tomar un taxi y volver al cuartel. El ladrón se apiadó de él y le prestó a mi primo algunas de las monedas que acababa de quitarle navaja en mano.
Sirva esta pequeña historia, querido Rousseau, para recalcar el hecho de que el ser humano es como es y, llegada la hora de cometer sus delitos, incluso los ladrones son gentes de costumbres… y a veces sus víctimas también.
Aquel cuyo apretón de manos es un poquito más firme, aquel cuya sonrisa es un poquito más luminosa, aquel cuyos actos son un poquito más diáfanos; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien más pronto da que pide, aquel quien es el mismo hoy y mañana, aquel quien compartirá tu pena igual que tu alegría; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel cuyos pensamientos son un poquito más puros, aquel cuya mente es un poquito más aguda, aquel quien evita lo que es sórdido y mísero; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien, cuando te vas, te extraña con tristeza, aquel quien, a tu retorno, te recibe con alegría; aquel cuya irritación jamás se deja notar; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien siempre está dispuesto a ayudar, aquel cuyos consejos siempre fueron buenos, aquel quien no teme defenderte cuando te atacan; ese es a quien yo llamo un amigo.
Aquel quien es risueño cuando todo parece adverso, aquel cuyos ideales nunca has olvidado, aquel quien siempre da más de lo que recibe; ese es a quien yo llamo un amigo.
Eres su viva imagen, me decían sin sospechar entonces que esas cuatro palabras iban a ser ahora mi condena.
No tengo dónde huir, dónde esconderme: sus ojos están dentro de mis ojos; su apellido en el mío como el nombre de un barco en el fondo del mar. Lo que ayer fue mi casa, es la guarida de los tiburones.
Tú estabas a mi lado y me has visto nadar en ríos de veneno; has visto lágrimas que eran cristales rotos, una lluvia de espinas, cicatrices de agua que cruzaba la piel.
Miro su alianza de oro en mi dedo
y su rostro tallado sobre el mío, mientas la vida sigue, el aire mueve los árboles o el sol ilumina su casa lo mismo que si no estuviera vacía.
El tiempo sólo cura aquello que se puede sustituir y yo no siento nada que no sintiese antes cualquiera en cuyas venas ha bebido la muerte: la grieta de la angustia, la plaga de los verbos en pasado; los recuerdos que buscan su lugar en la vida.
Es tan raro saber que no volveré a verla y los demás seguiremos entrando en restaurantes, cines, supermercados, estaciones de tren... Que no volveré a oír su voz pero a las nueve será otra vez la hora de la cena, los fines de semana iré al estadio, mi coche rodará por la autopista que ella escuchaba desde su jardín...
Pienso en su dios cruel, el dueño del dolor y la mentira, el cínico dice: –Yo te destruyo para que descanses en paz. Y ojalá fuese cierto lo que nunca he creído y ella viera la soledad que deja, cómo la echo de menos; cuánto me va a faltar; lo que daría por volverla a tener una vez más aquí, un día más, tan sólo.
La mía es la tristeza del cobarde que reúne para seguir en pie el valor que no tuvo para ver la caída de aquello que más quiso.
No tengo que explicártelo. Tú estabas con nosotros y conoces el dolor sin refugios, las sábanas que acechan el cuerpo del herido; conoces el enjambre feroz de las agujas, las noches que no acaban cuando sale el sol.
Quien lo sabía todo de mí se ha llevado el secreto a la tumba, me he convertido en un desconocido: el hombre que perdió el rastro de su sangre; que se ha vuelto una sombra; que no tiene a quién preguntar por él.
Ahora que mi madre ya no está –si eso es cierto, si hoy no va a resolver un crucigrama, ni a mirar los concursos de la televisión como todas las tardes; si ha caído en un sueño eterno del que nunca vamos a despertar–, guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas; y jamás voy a darla por perdida: la memoria es el margen de error del olvido.
Le gustaban la nieve, los gatos, la familia; el fuego, cocinar, los cumpleaños, llorar con las películas románticas; encender velas en las catedrales. Le asustaban los médicos, las llamadas nocturnas, las tormentas, el frío, los reptiles...
Antes de las sirenas y las radiografías, el miedo blanco de las ambulancias, sus labios devorados lentamente por la carcoma de las oraciones.
Antes de los engaños piadosos, el fuego amigo de las medicinas, el esqueleto abriéndose paso hacia la luz.
Cómo puedo escribir lo inexplicable, lo que no tiene nombre, lo que todos callamos porque la vida sigue y junto al cementerio hay tiendas y mercados, jóvenes que adelantan con sus motocicletas a los furgones fúnebres, y avanzamos de espaldas a lo que nos espera y llamamos silencio a todo lo que nadie quiere oír.
Le gustaban las fiestas,
los océanos y creer que su dios no le daba los golpes sino la fuerza para soportarlos. Temía la vejez y al abandono: pensaba que la forma más triste de marcharse es no tener a alguien que te diga adiós.
La imagino en la época en que yo no existía, haciendo cosas que nunca le vi hacer: enamorarse, bailar, romper las reglas, ser feliz; y a veces me pregunto si fue siempre la misma mujer que conocíamos, tuvo tan claras sus obligaciones, dónde estaba su sitio, de qué infiernos no era decente escapar.
Le gustaba que habláramos de su salud, del clima, de su infancia en los años de la Guerra Civil. Le asustaban los cambios y las banderas rojas, la libertad y el paso de los días.
Antes de la morfina y el delirio, de que fuera quedándose sin caminos de vuelta, sin puentes que cruzar, sin esperanza. No sé cómo explicarlo: los recuerdos te siguen; pero cuando te vuelves, nunca están ahí.
Ahora que ya se ha ido, sólo será posible querernos a escondidas, fingir ante los otros que no me habla por dentro, que todo ha terminado entre los dos. Las cosas no se pierden cuando desaparecen, sino cuando las dejas de buscar.
Miro su anillo; miro sus fotos y soy yo: puedo ver nuestra cara, nuestras manos... Y eso que era mi orgullo, ahora es mi condena: ser hoy que ya no está su viva imagen, ser su eco, su huella el fantasma de María Ángeles Prado, la mujer de mi vida
El pasado 8 de Julio, se apagaba para siempre, la voz rasposa e inconfundible de Gaynor Hopkins.
Nacida en Gales, en 1951, comenzó su carrera cantando en locales de Swansea, en su país natal y era conocida en el mundo de la música como Bonnie Tyler.
La canción que suena hoy en el blog, que sirve de homenaje y despedida a la conocida como primera dama del rock, forma parte de su segundo disco, publicado en 1978 y durante muchos años fue considerado uno de los sencillos más vendidos del mundo (más de 6 millones de copias).
Es uno de sus temas más icónicos y, a lo largo de su carrera Tyler grabó varias versiones. A partir del éxito de la canción, la crítica especializada comparó su voz con la de Rod Stewart.
Es un tema muy versionado, por músicos de diversos estilos, e incluso el propio Rod grabó una versión para su disco Still the Same... Great Rock Classics of Our Time, en 2006.
En 1977 fue sometida a una cirugía para extirparle unos nódulos en las cuerdas vocales. Bonnie no siguió las recomendaciones médicas, que le aconsejaban guardar silencio absoluto durante varias semanas, frustrada por no poder hablar ni cantar, gritó de desesperación y el tejido operado quedó dañado para siempre. Ese "accidente" durante la convalecencia, le dio a su voz ese tono rasgado, áspero y potente que la hizo claramente reconocible la elevó a los altares del rock and roll.
En los días previos al reciente eclipse solar, su himno Total eclipse of the heart, inundó las redes sociales y puso banda sonora al fenómeno del astro rey. Como ya había sonado en el blog, espero que os guste este dolor de corazón que, al fin y al cabo, todos los admiradores de su voz y su talento, sentimos cuando nos enteramos de su desaparición.
¡Salud y que los dolores de vuestro corazón sean siempre livianos y pasajeros!
- ¿Si? - Hay algo que debo contaros… - Ya lo sé… - ¿Me oiréis pues en confesión? - Bueno, preferiría que… antes me lo explicaras como amigo… - Maestro… ¿Habéis… estado alguna vez… enamorado? - ¿Enamorado? Muchas veces… - ¿De veras? - Naturalmente… de Aristóteles, Ovidio, Virgilio, Tomás de Aquino… - No, no, no… Quiero decir de una… - ¿No estarás confundiendo amor con lujuria? - Tal vez… no lo sé… Sólo deseo su propio bien. Deseo que ella sea feliz, deseo salvarle de su pobreza… - Oh, cielos… - ¿Por qué “oh cielos”? - Estás enamorado… - ¿Y eso es malo? - Para un fraile eso representa ciertos problemas… - ¿Pero no es cierto que Tomás de Aquino ensalza el amor por encima de todas las virtudes? - Sí, el amor a Dios, Adso, el amor a Dios… - ¿Y el amor… a una mujer…? - De mujeres Tomás de Aquino sabía bastante poco, pero las escrituras son muy claras: los Proverbios nos advierten que la mujer se apodera de la preciosa alma del hombre, y el Eclesiastés nos dice “más amarga que la muerte es la mujer…” - Sí, pero… ¿Qué opináis vos, maestro? - Bueno… claro está que no gozo del beneficio de tu experiencia, pero me cuesta convencerme a mí mismo que Dios haya introducido un ser tan inmundo en la Creación sin haberlo dotado de alguna virtud, ¿no? Qué pacífica sería la vida sin amor, Adso… Qué segura… Qué tranquila… ...Y qué insulsa…
Vivimos esperando a que la vida nos espere. La vida es lenta, muy lenta, y nosotros vamos rápido, muy rápido. Comemos rápido, hablamos rápido y dormimos rápido, mientras la vida no entiende de esos espacios temporales estresados. La vida es eso que pasa mientras nosotros corremos. Vivimos esperando el momento perfecto, sin utilizar el momento y hacerlo perfecto. Ese momento donde nos preocupamos más por lo material que por nosotros mismos. Vivimos esperando que la jornada termine para llegar a casa, vivimos esperando que sea viernes (olvidando que el que no es feliz un miércoles tampoco lo será el fin de semana). Vivimos esperando que lleguen los puentes, las vacaciones, el verano… Vivimos esperando que pase algo, y lo único que pasa es la vida.
Ya no será ya no no viviremos juntos no criaré a tu hijo no coseré tu ropa no te tendré de noche no te besaré al irme nunca sabrás quién fui por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo nunca ni si era de verdad lo que dijiste que era ni quién fuiste ni qué fui para ti ni cómo hubiera sido vivir juntos querernos esperarnos estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú ya no serás para mí más que tú. Ya no estás en un día futuro no sabré dónde vives con quién ni si te acuerdas. No me abrazarás nunca como esa noche nunca.
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mi, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo – me pregunto – todas estas personalidades inconfesabIes, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta detacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas, a todas juntas, a la mierda.
Verano para prosa y limones, para desnudez y languidez, para la eterna indolencia del regreso imaginado, para flautas singulares y pies descalzos, y el dormitorio de agosto con sábanas enredadas y la sal del domingo, ¡ah, violín!
Cuando aprieto juntos los atardeceres de verano sale un mes de acordeones callejeros y surtidores que alivian el polvo, pequeñas sombras que huyen de mí.
Es música que empieza y acaba, Italia mía, en Bleecker, ciao, Antonio, y los gritos de niños que juegan en el agua rompiendo el cielo rosado en tiras de papel; es atardecer en la nariz y el aroma del agua por calles sucias que no conducen al agua, y reunir islas y limones en la mente.
Está el Hudson, como el mar en llamas. Te desnudaría en el calor del verano, y reiría y secaría tu carne húmeda si vinieses.