Aristóteles decía que el hombre es el único animal que ríe. Y riendo conocerás lo que vale cada uno, al menos eso pensaba un poeta inglés del siglo XVII, John Donne. ¿Cómo?, muy sencillo. Sabrás que es una persona si se ríe; que es inteligente si sabe de qué reír; y que es valiente si se atreve a reírse.
Casi podría decirse que existe un arte de la risa. Para quien quiera practicarlo, el poeta romano Ovidio escribió un breve manual de instrucciones. «Aprende a reír-recomienda-, quien sabe hacerlo tiene mucho encanto». Su primer consejo es que la abertura de la boca sea moderada. Si es posible, que salgan hoyuelos a los lados, eso siempre favorece. Entrénate para que el borde de los labios oculte el nacimiento de los dientes y evita enseñar las encías. Mejor si la carcajada no sacude demasiado tu cuerpo ni te tuerce la boca, no conviene parecer trastornado. Favorece la risa que no desfigura. El secreto consiste en irradiar alegría sin espasmos ni ahogos, que nadie pueda confundirse creyendo que lloras o te atragantas. También merece la pena prestar atención al sonido. Debería fluir con suavidad de tu boca, ni ronco ni entrecortado. Que no suene como un rebuzno. Dale una música íntima, un tintineo agradable que no se oiga desde lejos, que tenga el aire de una confidencia. El último aspecto importante es la distancia. Si tienes un olor de boca fuerte, nunca te rías en ayunas y procura siempre distanciarte discretamente de los que te hablan. En resumen, piensa que con tu forma de reír puedes atraer o ahuyentar al prójimo. Hay que tomarse en serio la risa.
Cuando
me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia yo estaba en
el lugar correcto y en el momento preciso. Y, entonces, pude relajarme.
Hoy sé que eso tiene nombre… Autoestima. Cuando me amé
de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional no
son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso
es… Autenticidad. Cuando me amé de verdad, dejé de desear
que mi vida fuera diferente y comencé a ver que todo lo que acontece
contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… Madurez. Cuando
me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de
forzar una situación o a una persona solo para alcanzar aquello que
deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo
mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… Respeto.
Cuando
me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable:
personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia
abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se
llama… Amor hacia uno mismo.
Cuando me amé de verdad,
dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes
planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que
encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo.
Hoy sé, que eso es… Simplicidad.
Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la…Humildad.
Cuando
me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de
preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es
donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… Plenitud.
Cuando
me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y
decepcionarme. Pero…, cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es
una valiosa aliada. Y esto es… ¡Saber vivir!
Charles Spencer Chaplin (Londres, 1889 - Suiza,1977)
Lo siento, pero no quiero ser emperador. Ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie. Sino ayudar a todos, si fuera posible, judíos, gentiles, negros o blancos.
Tenemos que ayudarnos unos a otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos. La buena tierra es rica, y puede alimentarnos a todos.
El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas. Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros. Las máquinas que crean la abundancia, nos dejan en la necesidad. La ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas necesitamos humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida será violenta, se perderá todo.
Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos.
Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes.
A los que puedan oírme les digo: No desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de los hombres que temen seguir el progreso humano. El odio de los hombres pasará, y caerán los dictadores y el poder que le quitaron al pueblo volverá al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá.
¡Soldados! No os rindáis a esos hombres que os desprecian, os esclavizan, rigen vuestras vidas y os dicen lo que tenéis que hacer, pensar o sentir. Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquinas, con cerebros y corazones de máquinas. ¡Vosotros no sois máquinas! ¡No sois ganado! ¡Sois hombres! ¡Lleváis el amor de la humanidad en vuestros corazones! ¡No el odio! Sólo los que no aman odian, los que no aman y los inhumanos.
¡Soldados, no luchéis por la esclavitud, sino por la libertad!
En el capítulo 17 de San Lucas se lee: “El Reino de Dios está dentro del hombre”. No de un hombre ni de un grupo sino en todos. ¡En vosotros! Vosotros, el pueblo, tenéis el poder. El poder de crear máquinas, de crear felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravillosa aventura.
En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble, que garantice a los hombres trabajo, y de a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Con la promesa de esas cosas, las bestias alcanzaron el poder. Pero mintieron, no han cumplido sus promesas, ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Luchemos para liberar al mundo, para derribar barreras nacionales, para derribar la ambición, el odio y la intolerancia. Luchemos por el mundo de la razón. Un mundo donde la ciencia y donde el progreso nos conduzcan a la felicidad.
¡Soldados, en nombre de la democracia, uníos!
Discurso final de Charles Chaplin en "El gran dictador"