Hay días en que me despierto con siete dedos en cada mano, y días en que me despierto con un único brazo, y días en que tengo la cabeza abierta por su centro y se alza desde ella un arbusto frondoso, y días en que no atinan los pájaros que me trazan por dentro a hallar mi boca o mis oídos para salir al aire, y días en que tu sonrisa tiene siete cerraduras y ninguna llave, y días en que han ardido las lindes de mi campo y todo es mar o fuego sin frontera difusa. No sé si todos, pero yo hay días en que tengo los ojos llenos de respuestas y días en que no sé frenar mi decapitación tras la pregunta.
Si algo enseñan los años es la poca importancia que tiene todo. Todo,
tarde o temprano, pasa. El amor, que se va como viene. La vaga juventud, con sus sueños, sus grandes esperanzas. Días de vino y rosas, época de abundancia del corazón. El brillo. La belleza. Las ganas de llevarse a la vida por delante. Las fatuas ilusiones -estrellas que de pronto se apagan y nos dejan en una noche oscura del alma-. El dolor que creías interminable. El ansia por conseguir aquello que, conseguido, es nada. La vanidad, sus pompas: gloria, fortuna, fama, uno mismo, sus obras, sombras de un sueño, escarcha, rocío de una noche que el sol de otra mañana derrite, vanidades, espejismos, fantasmas...
Si algo enseñan los años es que todo se acaba. Que nada, en este juego, dura ni importa nada.
Ibamos a vivir toda la vida juntos. Ibamos a morir toda la muerte juntos. Adiós.
No sé si sabes lo que quiere decir adiós. Adiós quiere decir ya no mirarse nunca, vivir entre otras gentes, reírse de otras cosas, morirse de otras penas. Adiós es separarse ¿entiendes?, separarse, olvidando, como traje inútil, la juventud.
!Ibamos a hacer tantas cosas juntos! Ahora tenemos otras citas. Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes. La lluvia que te moja me deja seco a mí. Está bien: adiós. Contra el viento el poeta nada puede.
A la hora en que parten los adioses, el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas que vuelen sin cesar sobre tu sueño.
No eres libre: eres un esclavo con horario flexible.
Te venden la cuerda con la que te ahorcan.
La pobreza no es accidente, es arquitectura.
Nos tienen trabajando tanto que no tenemos tiempo de preguntarnos para quien trabajamos. Nos tienen perfectamente domesticados.
Nos criaron para el sacrificio, a no preguntar demasiado.
Nacemos con una deuda que no contraemos, vicios pagando por el derecho a existir, morimos dejando facturas pendientes. Alquilamos hasta el aire que respiramos.
Trabajamos toda la vida para comprar lo que otros producen con nuestro trabajo.
El mayor truco del poder es convencerte de que no existe alternativa.
No es crisis: es saqueo con relaciones públicas. Te cobran por nacer, por vivir, por morir.
Y en el medio te llaman contribuyente, no rehén.
La clase obrera vota por sus verdugos y llama traidor al que señala al verdugo.
Somos números en sus hojas de cálculo. Daño colateral en sus márgenes de ganancia.
Somos el ganado que elige a su carnicero, cada cierto tiempo, y lo llaman democracia.
La diferencia entre un matadero y una sociedad moderna es que, en el matadero, las reses, al menos, presentan resistencia.
Existe una aristocracia del crimen que nunca conocerá las celdas.
Y cuando el mundo arda por sus decisiones, ellos tendrán búnkeres mientras tú tienes esperanza.
¿Hasta cuándo seguiremos siendo cómplices de nuestra propia sumisión?
¿Cuántas generaciones más pagarán con su vida el lujo de unos pocos?
Despertar duele porque obliga a ver la jaula.
Pero solo quien ve la jaula puede pensar en salir.
Pregunta, duda, desobedece.
El sistema sobrevive de tu silencio, de tu cansancio, de tu resignación.
Quisiera estar en casa entre mis libros mi aire mis paredes mis ventanas mis alfombras raídas mis cortinas caducas comer en la mesita de bronce oír mi radio dormir entre mis sábanas. Quisiera estar dormida entre la tierra no dormida estar muerta y sin palabras no estar muerta no estar eso siquiera más que llegar a casa. Más que llegar a casa y ver mi lámpara y mi cama y mi silla y mi ropero con olor a mi ropa y dormir bajo el peso conocido de mis viejas frazadas. Más que llegar a casa un día de éstos y dormir en mi cama.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres, ¡Qué poco es un solo día, hermanas, qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas! De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos – toda la atropellada ruta de nuestras vidas – deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó las floridas avenidas postradas de pena de Londres). Nosotras queremos ver y oler las flores. Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras en vez de machos, queremos flores de los que nos cortaron el clítoris y de los que nos vendaron los pies. Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir a riesgo de nuestras vidas. Queremos flores del que se protege del mal pensamiento obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo, del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte.
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas y nos encerraron por locas, flores del que nos pega, del que se emborracha, del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos, flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos donde el agua de nuestros ojos se hace lodo; arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos, de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuanto nos corresponde. El jardín del que nos expulsaron.
Leer un libro de pie, sentada, llorando, haciendo el amor, desnuda, con el café en la mano, con un poco de droga en los bolsillos, con un cuchillo entre las venas, sin ganas de aprender, sin horarios, sin ruta de navegación y sin remos. Leerlo con ganas, a prisa, sudando, acongojada. Leerlo en los parques, en los aviones, en los edificios públicos, en las peluquerías y los trenes. Leerlo con hambre, sin fe y sin justicia, leer por leerlo, leerlo entre el pan y la mañana.