Otro tiempo vendrá distinto a éste. Y alguien dirá: «Hablaste mal. Debiste haber contado otras historias: violines estirándose indolentes en una noche densa de perfumes, bellas palabras calificativas para expresar amor ilimitado, amor al fin sobre las cosas todas». Pero hoy, cuando es la luz del alba como la espuma sucia de un día anticipadamente inútil, estoy aquí, insomne, fatigado, velando mis armas derrotadas, y canto todo lo que perdí: por lo que muero.
Te llaman porvenir porque no vienes nunca. Te llaman: porvenir, y esperan que tú llegues como un animal manso a comer en su mano.
Pero tú permaneces más allá de las horas, agazapado no se sabe dónde. ... Mañana! Y mañana será otro día tranquilo un día como hoy, jueves o martes, cualquier cosa y no eso que esperamos aún, todavía, siempre.
Pero el futuro es diferente al porvenir que se adivina lejos, terreno mágico, dilatada esfera que el largo brazo del deseo roza, bola brillante que los ojos sueñan, compartida estancia de la esperanza y de la decepción, oscura patria de la ilusión y el llanto que los astros predicen y el corazón espera y siempre, siempre, siempre está distante.
Pero el futuro es otra cosa, pienso: tiempo de verbo en marcha, acción, combate, movimiento buscado hacia la vida, quilla de barco que golpea el agua y se esfuerza en abrir entre las olas la brecha exacta que el timón ordena.
En esa línea estoy, en esa honda trayectoria de lucha y agonía, contenido en el túnel o trinchera que con mis manos abro, cierro, o dejo, obedeciendo al corazón, que manda, empuja, determina, exige, busca.
¡Futuro mío...! Corazón lejano que lo dictaste ayer: no te avergüences. Hoy es el resultado de tu sangre, dolor que reconozco, luz que admito, sufrimiento que asumo, amor que intento.
Pero nada es aún definitivo. Mañana he decidido ir adelante, y avanzaré, mañana me dispongo a estar contento, mañana te amaré, mañana y tarde, mañana no será lo que Dios quiera. Mañana gris, o luminosa, o fría, que unas manos modelan en el viento, que unos puños dibujan en el aire.
Y se dicen , incluso, palabras de amor. Pero se aman de dos en dos para odiar de mil en mil. Y guardan toneladas de asco por cada milímetro de dicha. Y parecen -nada más que parecen- felices, y hablan con el fin de ocultar esa amargura inevitable, y cuántas veces no lo consiguen, como no puedo yo ocultarla por más tiempo; esta desesperante, estéril, larga ciega desolación por cualquier cosa que —hacia donde no sé—, lenta, me arrastra.
...Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.
Él me sonrió, guiñándome el ojo.
—Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados.
Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía secreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.
—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario.
Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí.
Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?
Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada. Asentí y mi padre sonrió.
—¿Y sabes lo mejor? —preguntó.
Negué en silencio.
—La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida —explicó mi padre—. Hoy es tu turno.
Fragmento de "La sombra del viento" de Carlos Ruiz Zafón
Sé que llegará el día en que ya nunca volveré a contemplar tu mirada curiosa y asombrada. Tan sólo en tus pupilas compruebo todavía, sorprendido, la belleza del mundo y allí, en su centro, tú iluminándolo.
Por eso, ahora, mientras aún es posible, mírame mirarte; mete todo tu asombro en mi mirada, déjame verte cuando tú me miras también a mí, asombrado de ver por ti y a ti, asombrosa.
El otoño se acerca con muy poco ruido: apagadas cigarras,
unos grillos apenas, defienden el reducto de un verano obstinado en perpetuarse, cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada, pero un silencio súbito ilumina el prodigio: ha pasado un ángel que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Ángel González (Oviedo,1925-Madrid,2008)
En 1992, Neil Young publica Harvest moon, disco que contiene la canción del mismo título que suena hoy en el blog acompañando un bello poema de Ángel González dedicado al otoño.
En los últimos días del verano y en los primeros del otoño llega la época de la cosecha y el tema del cantautor canadiense es una metáfora de la vida de una pareja que sale a bailar a la luz de la luna para celebrar, en el otoño de sus vidas, el haberse conocido, el haber tenido hijos y el seguir amándose durante toda su vida.
Alguien dijo una vez, mirando al cielo del otoño, que se avecinaban tiempos difíciles para los soñadores, supongo que haciendo referencia a la falta de luz de la estación otoñal si la comparamos con los pasados días de la primavera y el verano y a la melancolía que esa falta de luz nos provoca.
Sin embargo, el cielo, en cualquier época del año, es un maravilloso espectáculo; si estamos enamorados, el amor nos aportará la luz que nos niega el otoñado firmamento para, a pesar de todo, contemplarlo, valorar lo que somos y seguir soñando.
¡Salud, que miréis al cielo con la luz del amor y que sigáis soñando, siempre!
Ella era toda la poesía que se escribía en Madrid. El verso más bonito de Gran Vía. La boca más hermosa de Malasaña. Los ojos más tímidos de los cines de Callao.
La cabeza más heavy que había pasado por Argüelles.
La cintura más bonita que veías por el metro. Las piernas más largas de la Plaza Mayor. La falda más corta de Montera. La musa que aun seguía inspirando a la estatua de Bécquer. El rayo de sol más brillante de una tarde de domingo en el Retiro. La reliquia más bonita del rastro. La que podía domar los leones de Cibeles. La quinta torre de Madrid. El palacio más Real de todo mi reino. Madrid es ella, y yo, solo una de sus calles.
Ella es el monumento que fotografía Atocha. La que se manifiesta frente al Congreso. La decimotercera uva de la Puerta del Sol. El cabello más hermoso de Salamanca. A la que todos los hindúes regalan rosas y cervezas en La Latina. Los labios más rojos del Calderón. La más loca de toda Chueca. La de la carpeta rosa del Campus de la Complutense. El paseo más largo a través de toda Castellana. El culo más bonito del Retiro. El corazón más salvaje del Bernabéu. El musical más visitado de Gran Vía. El teatro con menos aforo de la capital. La mejor obra de arte del Prado. La que envuelve en flores a los toros en las Ventas. Ella es la única estrella que brilla en Madrid. Ella es Madrid.
La que baila como una loca en la pista de cualquier garito de Huertas. La chica de Tirso, y la lady Madrid de Pereza. A la que no hace falta escribirle, porque es pura poesía. La que es capaz de enderezar las Torres Kio. El cubo más helado de cerveza de la Sureña de Gran Vía. La nariz más roja de Casa de Campo. Los acordes de jazz más hermosos del Café Central. La niña que ríe como nadie en Cortylandia. Los copos de nieve que los tejados echan de menos. La única diosa de todas las catedrales. A la que cantan en Libertad 8. El único monumento del Templo de Debod. La palabra más bonita del barrio de las letras. La única movida que existió en Madrid. Ella, ella… ella es Madrid
Luna de abajo, en el fondo del pozo, blanca entre los charcos de la bocamina;
inmóvil en las aguas del río que no puede llevarla -a ella, tan ligera- en su corriente.
Luna, que no refleja al sol, sino a sí misma, igual un sueño que engendrase un sueño.
Luna de abajo, luna por los suelos para los transeúntes de la noche, que vuelven a sus casas cabizbajos.
Luna entre el barro, entre los juncos, entre las barcas que dormitan en los puertos; luna que es a la vez mil lunas y ninguna, evanescente, mentirosa luna, tan próxima a nosotros, y no obstante aún más inalcanzable que la otra.
Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
—oscuro, torpe, malo— el que la habita...
Noche
estrellada en aceptable uso,
con pálidos reflejos y opacidad lustrosa,
vieja chistera inútil en los tiempos que corren
como escuálidos galgos sobre el mundo,
definitivamente eres un lujo
que ha pasado de moda.
Tras la fría superficie de las calles de luna,
el alcanfor del sueño conserva en el almario
de la ciudad oscura a los que duermen
y no te verán nunca.
Yo, sin embargo, te llevo en la cabeza,
vieja noche de copa,
y cuando vuelvo a casa sorteando
imprevisibles gatos y farolas,
te levanto en un gesto final ceremonioso
dedicado a tus brillos y a mi sombra,
y te dejo colgada allá en lo alto
–¡hasta mañana, noche!–,
negra, deshabitada, misteriosa.
Mientras tú existas,
mientras mi mirada
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz cualquiera...
Mientras
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo ese amor que crece y no se muere,
bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
Canción de invierno y de verano Cuando es invierno en el mar del Norte es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos, mientras los balandros soleados
arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.
Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.
Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
— rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.
Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.
Si yo fuera Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a
ti;
lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el
pan, es decir: con la boca), y si ese sabor fuese igual al
tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreir, y de guardar
silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin
hacernos daño -de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención
cuando te beso; entonces, si yo fuese Dios, podría repetirte y
repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme
jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por
la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel
González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día, a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la
vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo,mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la
contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas
y salvas, mueves, dejas abandonado cuando -luego-
callas... (Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes.
Creo en ti. Eres. Me basta. ANGEL GONZÁLEZ
Me he quedado sin pulso y sin aliento separado de ti. Cuando respiro, el aire se me vuelve en un suspiro y en polvo el corazón de desaliento. No es que sienta tu ausencia el sentimiento. Es que la siente el cuerpo. No te miro. No te puedo tocar por más que estiro los brazos como un ciego contra el viento. Todo estaba detrás de tu figura. Ausente tú, detrás todo de nada, borroso yermo en el que desespero. Ya no tiene paisaje mi amargura. Prendida de tu ausencia mi mirada, contra todo me doy, ciego me hiero. Ángel González Muñiz (6 de septiembre de 1925 – 12 de enero de 2008)