Lo sabían los tres. Ella era la compañera de Kafka. Kafka lo había soñado. Lo sabían los tres. Él era el amigo de Kafka. Kafka lo había soñado. Lo sabían los tres. La mujer le dijo al amigo: Quiero que esta noche me quieras. Lo sabían los tres. El hombre contestó: Si pecamos, Kafka dejará de soñarnos. Uno lo supo. No había nadie más en la tierra. Kafka se dijo: Ahora que se fueron los dos, he quedado solo. Dejaré de soñarme
Sólo de pensarlo me pongo enfermo, y es peor que el peor dolor de estómago o que las jaquecas que se me levantan por leer con poca luz: una suerte de sarampión del espíritu, de paperas de la psique, de desfiguradora varicela del alma.
Me dices que es demasiado pronto para mirar al pasado, pero eso es porque te has olvidado de la perfecta sencillez que supone ser uno y de la hermosa complejidad introducida por dos. Puedo tumbarme en la cama y recordar todos los números. A los cuatro era un mago de Arabia. Podía volverme invisible si me bebía un vaso de leche de una determinada manera. A los siete era un soldado; a los nueve, un príncipe.
Ahora, sin embargo, paso el tiempo junto a la ventana, contemplando la luz del atardecer. Entonces nunca daba tan solemnemente en los costados de la casita del árbol, y mi bicicleta nunca se apoyaba en el garaje como lo hace hoy, desposeída de su velocidad azul.
Aquí nace la tristeza, me digo, mientras recorro en bambas el universo. Es hora de decir adiós a mis amigos imaginarios, de cumplir mi primer gran número.
Parece que fue ayer cuando creía que debajo de mi piel sólo había luz, que, si me cortabas, fulgía. Pero ahora, cuando me caigo en las aceras de la vida, me pelo las rodillas. Y sangro.
o porque sus colores preferidos son el gris y el azul degastado, sin brillo, de las chaquetas de los oficinistas, no goza entre los jóvenes de buena prensa. De todo lo bueno que les pasa de largo la responsabilizan a ella. Los viejos, sin embargo, incluso rezan para que no falte a la cita al día siguiente. Detesta las euforias desmedidas, las sorpresas y el excesivo culto a la esperanza. No le hace falta más que un rato para bajarle los humos a lo espectacular. Después de las catástrofes y las guerras, después del infierno del desamor, aparece ella, como si nada, y te ayuda a seguir adelante.
Un año más, Cáceres, durante cuatro días de la primavera extremeña, se convierte en el epicentro de la fusión de músicas y culturas del mundo.
El pasado viernes, en el renovado escenario de la Plaza Mayor, actuó Seun Kuti con su banda Egypt 80, inundando las piedras y los corazones de todos los asistentes con su música y su reivindicación de su cultura , de su país y de su continente.
Fela Kuti, su padre, fue un músico multiinstrumentista y político, creador del afrobeat, música que mezcla soul, jazz y funkie, y la puso al servicio de la lucha por los derechos humanos, en contra de las injusticias de las dictaduras y el poder de las multinacionales.
Cuando su padre falleció, Seun lo relevo y lideró los Egypt 80, continuando con su legado de música y activismo en pro de los derechos y libertades de la nación negra.
Recientemente, el nombrado Vicepresidente de la Junta de Extremadura, por la presidenta María Guardiola, gracias al vergonzante pacto firmado por el PP y VOX, declaró que todos las asistentes al WOMAD son unos perroflautas...¿y?, ¿qué problema hay en ser un perroflauta?, Prefiero ser un perroflauta que señorito de pulserita y chaleco, patriota de tres al cuarto, xenófobo y fascista. Como dicen las camisetas que ha puesto en circulación el grupo municipal de Unidas Podemos en Cáceres, yo también soy perraflauta.
¡Perroflautas del mundo, uníos y luchad por la música y la cultura del mestizaje, derribando el muro del fascismo y la intolerancia!
El día del fin del mundo Una abeja circunvuela un trébol, Un pescador repara una red resplandeciente. Marsopas felices saltan en el mar, Por las canaletas gorriones jóvenes juegan Y a la serpiente es arrancada la piel dorada como debe ser siempre.
El día del fin del mundo Las mujeres caminan a través de los campos bajo sus sombrillas, Un borracho se amodorra en el borde de un prado, Vendedores ambulantes de hortalizas gritan en la calle Y un bote de color amarillo que navega se acerca a la isla, La voz de un violín persiste en el aire Y se insinúa en una noche estrellada.
Y los que esperaban rayos y truenos Están decepcionados. Y los que esperaban señales y triunfos de los arcángeles No creen que está sucediendo ahora. Mientras el sol y la luna están por encima, Mientras el abejorro visita una rosa, Mientras los niños sonrosados nacen Nadie cree que está sucediendo ahora.
Sólo un hombre viejo de pelo blanco, que sería un profeta Sin embargo, no es un profeta, porque él está muy ocupado, Repite mientras envuelve sus tomates: No habrá otro fin del mundo, No habrá otro fin del mundo. Czeslaw Milosz (Lituania, 1911-Polonia, 2004)
Siempre que se hace un ranking, de lo que sea, es obvio que el criterio del que lo elabora influye en lo que se incluye en esa lista, y lo que queda fuera de ella, así como en la posición que va a ocupar dentro de esa clasificación, especialmente si el criterio usado no es puramente estadístico ni claramente contrastable.
Me encontré este listado de las palabras más bellas del castellano que, lógicamente, no comparto en su totalidad y, por eso, voy a poner las que me parecen que merecen estar aunque no tengo claro la posición. Entiendo que unas están incluidas por la palabra en sí y otras por su significado y/o por lo que representan en un sentido literal o metafórico.
Para no polemizar ni pretender que prevalezca mi criterio las voy a poner en orden alfabético que, este sí, no es un criterio subjetivo ni discutible.
Arrebol: cuando las nubes adquieren un color rojo al ser iluminadas por los rayos del sol.
Ataraxia: imperturbabilidad, serenidad.
Bonhomía: afabilidad, sencillez,bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento.
Compasión: sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien.
Elocuencia: el arte de hablar de modo eficaz para deleitar o conmover.
Efervescencia: burbujas en cualquier clase de líquido.
Efímero: de corta duración.
Epifanía: un momento de sorpresiva revelación.
Etéreo: extremadamente delicado y ligero, algo fuera de este mundo.
Incandescencia: luz producida por altas temperaturas.
Inconmensurable: enorme, que no puede medirse.
Inefable: algo tan increíble que no puede ser expresado en palabras.
Inmarcesible: que no puede marchitarse.
Iridiscencia: fenómeno óptico donde el tono de la luz varía creando pequeños arcoiris.
Limerencia: estado mental involuntario, propio de la atracción involuntaria de una persona hacia otra.
Luminiscencia: propiedad de un cuerpo de emitir una luz débil pero visible en la oscuridad.
Melancolía: tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni devoción en nada.
Melífluo: un sonido excesivamente dulce, suave o delicado.
Nefelibata: dicho de una persona soñadora que no se apercibe de la realidad.
Nostalgia: pena de verse ausente de la patria o de los amigos.
Ósculo: beso de respeto o afecto.
Perenne: continuo, incesante,que no tiene intermisión.
Petricor: nombre que recibe el olor que produce la lluvia al caer sobre suelo seco.
Resiliencia: capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.
Sempiterno: que durará siempre; que habiendo tenido principio no tendrá fin.
Serendipia: Hallazgo afortunado e inesperadoque se produce cuando se está buscando otra cosa distinta.
Muy posiblemente os sobren algunas y os faltarán muchas, pero entre más de 93.000 entradas que tiene el diccionario de la RAE, es muy complicado elegir unas cuantas y, más aún, establecer una clasificación entre ellas. Quedaos con la palabra y su poder, esperando que se imponga, siempre, a la violencia.
Tómame de la mano al atardecer, cuando la luz del día se apague y la oscuridad despliegue su cortina de estrellas… Sostenla apretada cuando no pueda vivir este mundo imperfecto… Tómame de la mano… llévame donde el tiempo no existe… Sostenla apretada en el difícil vivir. Tómame de la mano… cuando me sienta desorientado… cántame la canción de las estrellas, dulce cantinela de voces respiradas… Tómame la mano, y apriétala fuerte antes de que el destino insolente pueda apartarme de ti… Tómame de la mano y no me dejes ir… nunca…
«Llovió esta tarde y frente a mi casa, en el empedrado lleno de baches, se ha formado un charco. Parece un pedazo de espejo tirado en medio de la calle. Al anochecer, sereno ya el tiempo, unos gorriones que tienen sus nidos enfrente, en el cerco de las campanillas azules, vinieron a beber de él. Fue luego un can vagabundo, flaco y peludo, que se acercó a apagar su sed en el charco. Ahora, al reflejar un trozo de cielo, se ha llenado de estrellas. Y mañana, al alba, se irisará con todos los colores de la aurora. Pero después, cuando pasen para el mercado los carros de verdura y de fruta, más de un pesado casco de mulo desgarrará su agua serena. Y el sol, más tarde, lo absorberá gota a gota, hasta que el bache vuelva a quedar seco, con un triste aspecto de esqueleto. El charco, entonces, se habrá ido a las nubes, como dicen que las almas de los buenos se van al cielo después de haber vivido su vida como un hombre noble y soñador: apagando bondadosamente la sed de los dulces pájaros y de los perros sin dueño; reflejando estrellas; sintiendo en sus entrañas vivas la dura pezuña de los mulos que pasan. O, lo que es lo mismo: amando, soñando, sufriendo»
Empuñemos la vida aunque vayamos a perderla. Desde el callejón oscuro de la edad silenciada, contra el muro infame de «las cosas no cambian». Es la hora del grito ingenuo y poderoso, el momento de que los cuerpos en primavera fabriquen verdades honestas para la gran revolución.
Viajemos miles de kilómetros hasta encontrar unos labios que amar. Huyamos de la oficina segura, que el pan no amordace nuestra esperanza. Azotemos las aceras durmientes, desnudemos a mordiscos la rutina. Protejamos las amistades vertiginosas, abrazando los defectos, mimando el imprevisto.
Decidamos armados de honradez porque no hay peor engaño que el que se hace uno mismo. Removamos pueblos y ciudades en busca de políticos limpios. ¡Demos un paso al frente cuando suene esa maldita música! La de «esto funciona así», la de «este es el mundo real». Protejamos el instante que es nuestro. Caminemos millonarios de diferencias porque serán invencibles puestas en común. Demostremos al jefe que lo nuevo puede ser bueno, que el entusiasmo debutante no se paga con dinero.
Adiós a las banderas del odio, a las patrias inflamadas. Adiós a las sonrisas condescendientes que nos disparan. Basta de diluir la fuerza en opio y anestesia, basta de quejas sin sudor, ¡basta de autocomplacencia! A las trincheras, que el tiempo se acaba. Conspiremos desde nuestros parlamentos, que son los bares con servilletas de papel.
Ese lugar más justo está en alguna parte. Empujemos cuando nos digan que no, lleguemos exhaustos al atardecer de la decepción. Porque entonces, y sólo entonces, nos suplicará la eternidad: Quédate, quiero saber de tu pasado.
Sentarse los dos a la orilla del agua que pasa y verla pasar. Si se desliza una nube en el espacio, verla, los dos, deslizarse.
Si en el horizonte humea un tejado de paja,verlo humear. Si alguna flor perfuma los alrededores, perfumarse en ella también. Si nos apetece algún fruto que prueban las abejas, probarlo. Si en los bosques que lo escuchan, canta algún pájaro, escuchar.
A los pies de un sauce donde el agua murmura, oír el agua murmurar, y no sentir pasar el tiempo mientras dura ese sueño, ni poner una pasión profunda más que en adorarse.
No preocuparse de las mundanales querellas, ignorarlas. ¡Y, solos, felices sin cansarse ante todo lo que cansa, sentir, ante todo lo que pasa, no pasar el amor!
Hay días en que me despierto con siete dedos en cada mano, y días en que me despierto con un único brazo, y días en que tengo la cabeza abierta por su centro y se alza desde ella un arbusto frondoso, y días en que no atinan los pájaros que me trazan por dentro a hallar mi boca o mis oídos para salir al aire, y días en que tu sonrisa tiene siete cerraduras y ninguna llave, y días en que han ardido las lindes de mi campo y todo es mar o fuego sin frontera difusa. No sé si todos, pero yo hay días en que tengo los ojos llenos de respuestas y días en que no sé frenar mi decapitación tras la pregunta.
Si algo enseñan los años es la poca importancia que tiene todo. Todo,
tarde o temprano, pasa. El amor, que se va como viene. La vaga juventud, con sus sueños, sus grandes esperanzas. Días de vino y rosas, época de abundancia del corazón. El brillo. La belleza. Las ganas de llevarse a la vida por delante. Las fatuas ilusiones -estrellas que de pronto se apagan y nos dejan en una noche oscura del alma-. El dolor que creías interminable. El ansia por conseguir aquello que, conseguido, es nada. La vanidad, sus pompas: gloria, fortuna, fama, uno mismo, sus obras, sombras de un sueño, escarcha, rocío de una noche que el sol de otra mañana derrite, vanidades, espejismos, fantasmas...
Si algo enseñan los años es que todo se acaba. Que nada, en este juego, dura ni importa nada.
Ibamos a vivir toda la vida juntos. Ibamos a morir toda la muerte juntos. Adiós.
No sé si sabes lo que quiere decir adiós. Adiós quiere decir ya no mirarse nunca, vivir entre otras gentes, reírse de otras cosas, morirse de otras penas. Adiós es separarse ¿entiendes?, separarse, olvidando, como traje inútil, la juventud.
!Ibamos a hacer tantas cosas juntos! Ahora tenemos otras citas. Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes. La lluvia que te moja me deja seco a mí. Está bien: adiós. Contra el viento el poeta nada puede.
A la hora en que parten los adioses, el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas que vuelen sin cesar sobre tu sueño.
No eres libre: eres un esclavo con horario flexible.
Te venden la cuerda con la que te ahorcan.
La pobreza no es accidente, es arquitectura.
Nos tienen trabajando tanto que no tenemos tiempo de preguntarnos para quien trabajamos. Nos tienen perfectamente domesticados.
Nos criaron para el sacrificio, a no preguntar demasiado.
Nacemos con una deuda que no contraemos, vicios pagando por el derecho a existir, morimos dejando facturas pendientes. Alquilamos hasta el aire que respiramos.
Trabajamos toda la vida para comprar lo que otros producen con nuestro trabajo.
El mayor truco del poder es convencerte de que no existe alternativa.
No es crisis: es saqueo con relaciones públicas. Te cobran por nacer, por vivir, por morir.
Y en el medio te llaman contribuyente, no rehén.
La clase obrera vota por sus verdugos y llama traidor al que señala al verdugo.
Somos números en sus hojas de cálculo. Daño colateral en sus márgenes de ganancia.
Somos el ganado que elige a su carnicero, cada cierto tiempo, y lo llaman democracia.
La diferencia entre un matadero y una sociedad moderna es que, en el matadero, las reses, al menos, presentan resistencia.
Existe una aristocracia del crimen que nunca conocerá las celdas.
Y cuando el mundo arda por sus decisiones, ellos tendrán búnkeres mientras tú tienes esperanza.
¿Hasta cuándo seguiremos siendo cómplices de nuestra propia sumisión?
¿Cuántas generaciones más pagarán con su vida el lujo de unos pocos?
Despertar duele porque obliga a ver la jaula.
Pero solo quien ve la jaula puede pensar en salir.
Pregunta, duda, desobedece.
El sistema sobrevive de tu silencio, de tu cansancio, de tu resignación.
Quisiera estar en casa entre mis libros mi aire mis paredes mis ventanas mis alfombras raídas mis cortinas caducas comer en la mesita de bronce oír mi radio dormir entre mis sábanas. Quisiera estar dormida entre la tierra no dormida estar muerta y sin palabras no estar muerta no estar eso siquiera más que llegar a casa. Más que llegar a casa y ver mi lámpara y mi cama y mi silla y mi ropero con olor a mi ropa y dormir bajo el peso conocido de mis viejas frazadas. Más que llegar a casa un día de éstos y dormir en mi cama.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres, ¡Qué poco es un solo día, hermanas, qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas! De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos – toda la atropellada ruta de nuestras vidas – deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó las floridas avenidas postradas de pena de Londres). Nosotras queremos ver y oler las flores. Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras en vez de machos, queremos flores de los que nos cortaron el clítoris y de los que nos vendaron los pies. Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir a riesgo de nuestras vidas. Queremos flores del que se protege del mal pensamiento obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo, del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte.
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas y nos encerraron por locas, flores del que nos pega, del que se emborracha, del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos, flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos donde el agua de nuestros ojos se hace lodo; arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos, de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuanto nos corresponde. El jardín del que nos expulsaron.
Leer un libro de pie, sentada, llorando, haciendo el amor, desnuda, con el café en la mano, con un poco de droga en los bolsillos, con un cuchillo entre las venas, sin ganas de aprender, sin horarios, sin ruta de navegación y sin remos. Leerlo con ganas, a prisa, sudando, acongojada. Leerlo en los parques, en los aviones, en los edificios públicos, en las peluquerías y los trenes. Leerlo con hambre, sin fe y sin justicia, leer por leerlo, leerlo entre el pan y la mañana.
Antaño, don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen en el pueblo por él nacido.
Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.
Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.
Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.
Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto el ataque de las ganzúas.
Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido todo a lo largo de su larga vida.
Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.
Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano. Y hasta San Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer.
Gente buena. Gente buena escondida. Bajo las piedras, pero escondida. Gente buena.
Gente buena escondida, paseando por la calle. Corriendo escondida por la calle. Gente buena en plazas, en parques, en vehículos, en bares, escondida, gente buena.
Gente buena escondida en “la” escuela. Gente buena dando clases en “la” escuela. Gente buena recibiendo clases en “la” escuela.
Gente buena y aún así, en “la” escuela. Gente buena.
Gente buena aparcando. Gente buena aparcando en tu vida. Gente buena de paso durante una noche o durante 30 años. Gente buena y aún así, de paso. Gente buena.
Gente buena coqueteando. Siempre asustada y a la vez deseando. Gente buena desconfiando de si delante tienen o no a gente buena... pero gente buena.
Gente buena quedándose, sin necesidad de hacerlo durante una noche o durante 30 años. Gente buena regalándose esperanza. Gente buena repitiéndose a si misma, en voz baja: “gente buena”.
Gente buena entrando y saliendo sin cesar del hormiguero. Gente buena apilada en el metro, constriñendo cada músculo hasta parecer gente neutra. Hasta parecer no gente... pero gente buena.
Gente buena en oficinas. Gente buena vendiendo bonos no buenos a gente buena. Gente buena comprando artículos no buenos a gente buena. Gente buena escondida, de lunes a viernes, en oficinas. Gente buena y aún así, en oficinas. Gente buena y aún así, especulando con lo único que posee otra gente buena. Gente buena olvidando. De lunes a viernes y de sábado a domingo. Gente buena y aún así, olvidando... pero gente buena.
Gente buena mirándose el ombligo. (Ombligo tras ombligo tras ombligo), hasta hacer de sus ojos dos ombligos. Hasta hacer de sus labios instrumento, para atraer a otros labios que les permitan poder, al fin, besar su propio ombligo. Gente buena saboreando la comisura de su ombligo. Gente buena eyaculando sobre gente buena, para que el impacto de su flujo rebote en esa piel y se pose después sobre si mismo.
Gente buena dilatando, segundo tras segundo el propio ombligo, sin darse cuenta que lo transforman en abismo. Gente-ombligo cayéndose a un abismo dentro de si mismos... pero gente buena.
Gente buena con la rabia en los labios. Gente buena con el alma vieja. Gente buena con el afecto podrido. Gente buena cargada de juicios. Gente buena haciendo verdad una mala mentira. 100 malas mentiras. Hasta parecer gente no buena... pero gente buena
Gente buena empuñando un arma. Gente buena exaltando una patria. Gente buena creyéndose bandera en vez de tierra. Gente buena con la ambición como credo. Gente buena predicando, quién SÍ es gente buena y quién NO es gente buena. Gente buena que, mantra tras mantra, tras mantra, repetido desde infancia, desde lactancia, desde adolescencia, mantra, tras mantra, tras mantra olvida lo que es ser gente buena. Y aún así, gente buena.
Gente buena y aún así, gente dormida. Gente buena y aún así, gente neutra. Gente buena y aún así, sin tomar partido. Gente buena y aún así, gente ciega. Gente buena y aún así, en la crítica atroz, despiadada, contra gente buena. Gente buena y aún así, en el prejuicio infundado, arcaico, contra gente buena. Gente buena y aún así, en los púlpitos. Gente buena y aún así, en la guerra. Gente buena y aún así, en el odio. Y así, al final, mantra, tras mantra, tras mantra, gente buena actuando como gente NO buena. Y así, al final, GENTE NO BUENA.
Y así, al final, ya sin esconderse, gente no buena, gente-mantra y gente-piedra.
Y aún así, gente perdida pero gente no muerta. Dándole patadas de esperanza a todas estas piedras que forman este inmenso búnker de salvaje supervivencia, haciendo que aparezca siempre, patada tras patada, tras patada a montones, a millones, bajo ellas, escondida... gente buena.
Salva Soler
Antonio Machado (Sevilla, 26 jul 1875-Colliure, 22 feb 1939) in memoriam.
Cada día, cuando entran en el bar lo ven ahí, solo con su cerveza, ocupando el mismo lugar de la barra, dejando que las horas se deshagan. Casi todos lo miran con esa mezcla de superioridad
y alivio llamada condescendencia, haciéndose su propia idea sobre su soledad. Piensan en la vida que pudo tener para acabar así, solo, frente a una botella, maltrecho para siempre. Solo él sabe que no hay amor pasado ni corazón roto. Simplemente prefiere estar solo, observando a esos mismos tipos que encajan en este mundo y piensan en el daño que hace la soledad. Él no siente ningún dolor. Todo lo contrario. Simplemente tiene un secreto y está solo por eso: él sabe el daño que hacen los rebaños.
Sandra, uno mira hacia el norte el este el oeste el sur y comprueba una vez más que no hay salida, que no hay para dónde tomar, que todo está perdido
Entonces uno echa a un lado sus armas y muestra en alto una bandera blanca o un sábana blanca o una hoja de papel blanco o una toalla blanca o un cartón blanco o una baraja blanca o un paño de cocina blanco, lo que pueda
Y uno apaga las luces y sale con las manos en alto diciendo: “No puedo más, amor de mi vida, me entrego”.
"Si te sirve de algo, nunca es demasiado tarde o, en mi caso, demasiado pronto para ser quien quieres ser. No hay límite de tiempo. Empieza cuando quieras. Puedes cambiar o no hacerlo. No hay normas al respecto. De todo podemos sacar una lectura positiva o negativa. Espero que tú saques la positiva. Espero que veas cosas que te sorprendan. Espero que sientas cosas que nunca hayas sentido. Espero que conozcas a personas con otro punto de vista. Espero que vivas una vida de la que te sientas orgullosa. Y si ves que no es así, espero que tengas la fortaleza para empezar de nuevo"
estar solo pero a menudo toma décadas darse cuenta de ello y más a menudo cuando esto ocurre es demasiado tarde y no hay nada peor que un demasiado tarde.
El hombre es el único animal que necesita escribir su historia para poder recordarla. Cuando nace no sabe absolutamente nada. Moriría si no aprendiera a vivir. La raza humana es la única en la naturaleza que no transmite ninguna información innata que vaya más allá de lo puramente genético. Carece de auténticos instintos. No durará mucho. Porque ¿quién escribe la historia? Nunca los vencidos, los despojados, los sometidos. Por eso, por ejemplo, las guerras -cuando acaban, y pasa el tiempodejan en la memoria colectiva un poso en el que se adivina el inconfundible y dulce sabor de la victoria: esfuerzo con recompensa, sufrimiento con premio, dolor que termina, que se olvida. ¡Qué distinta hubiera sido la historia de la humanidad si sólo se hubiera escuchado a los perdedores! Tampoco escribimos la historia los ignorados, los que no existimos, los que no tenemos voz, los que, en definitiva, no contamos. Y me incluyo porque la mía es una de esas historias que escribirán otros. No contarán lo que sentí cuando perdí a toda mi familia, cómo se quebró mi espíritu, ni cómo lloré la pérdida de todos mis amigos. Nadie hablará del dolor de los míos, del miedo. Sé que a nadie interesa mi punto de vista, pero soy yo quien debería contar lo que ocurrió.