«No sé qué ni cómo, pero me parece que más que nada gracias a estos cielos (de vez en cuando pienso, que aunque por supuesto lo he visto todos los días de mi vida, nunca antes había visto realmente el cielo).
Este otoño vivido he tenido algunas horas maravillosamente plenas –¿o acaso no podría decir que han sido perfectamente felices?–.
Según he leído, Byron, justo antes de su muerte, le dijo a un amigo que en toda su vida sólo había conocido tres horas felices. También está esa vieja leyenda alemana sobre la campana del rey, con la misma idea. Mientras estaba en el bosque, con una hermosa puesta de sol entre los árboles, pensé en Byron y en la historia de la campana, y surgió en mí la impresión de que estaba teniendo una de esas horas felices. (Aunque tal vez mis mejores momentos nunca los he apuntado: cuando llegan no puedo permitirme romper el encanto con registros acuciosos.
Simplemente me abandono a ese estado de ánimo, lo dejo ser y me entrego a su éxtasis placentero).
¿Qué es la felicidad, de cualquier manera? ¿Es una de estas horas o algo parecido? Tan impalpable… ¿Un simple aliento, una tinta que se desvanece? No estoy seguro, pero me daré a mí mismo el beneficio de la duda.»
Esto escribía Walt Whitman en una página de su diario el 20 de octubre de 1876. Tenía 57 años y seguía añadiendo versos a su gran obra, "Hojas de hierba", de la que ya había publicado 2 ediciones y unas cuantas más verían la luz en años posteriores.
Nos habla de la felicidad, esa sensación que todo el mundo persigue pero que nadie sabe exactamente qué es, tal vez no sea lo mismo para todos, no sé...
Sea lo que sea, ¡Salud y que alguna vez conozcáis la felicidad!
Mi hijo muere cada tarde en el mar mi hijo tiene 18 años, y 26 y 32, tiene todas las edades en las que hay fuerza, pasión y deseos Mi hijo sabe que la felicidad no consiste en tener cosas pero sabe que hay cosas imprescindibles por eso no pospone su derecho a vivir, a habitar una casa humana, a compartir con otros que siempre son sus semejantes su historia, su tristeza y sus sueños.
Mi hijo aprendió a aprender mi hijo estudió, mi hijo trabajó en todos los oficios mi hijo se respeta a sí mismo, respeta a su tierra, ama y es amado.
Mi hijo no nació para morir en el mar ningún Dios lo castigó ninguna maldición lo obliga a ser esclavo.
A mi hijo lo mata cada tarde una forma de entender el mundo una manera criminal de gobernar en la que el ser humano no es lo prioritario porque el hombre todavía no cotiza en bolsa porque los expoliados y olvidados no llenan los bolsillos de los mil veces malditos que condenan a muerte a mi hijo y luego besan con reverencia la moneda donde invocan a un Dios.
Con esa moneda que invoca a Dios y con otras en que aparecen patrias, los hombres que matan a mi hijo han comprado todas las perversiones y han cometido todas las ignominias.
Mi hijo es negro, es indio, es blanco, es pobre
el mundo es suyo, no lo parí en Marte, no nació con un destino animal porque nació humano.
Mi hijo, cuando muere cada tarde, seguirá viniendo a esta costa de Europa y del mundo con su mirada valiente y abierta.
Mi hijo no se rinde necesita hacernos comprender que sin él no estamos todos.
Mi hijo cuando muere nos deja empequeñecidos y él no quiere que su muerte haga desaparecer de la tierra las palabras más hermosas y los conceptos que nos dignifican.
Mi hijo no puede seguir muriendo porque con él está muriendo nuestra civilización.