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viernes, 11 de abril de 2025

Nutshell - Alice In Chains




Con estrépitos de músicas vengo

Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.
Mis marchas no suenan solo para los victoriosos,
sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron,
por los barcos que se hundieron el la mar,
y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes
vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia.

Walt Whitman (1819-1892)

sábado, 23 de abril de 2016

Voices - Alice in chains




«Se retiraron del camino y desde un pequeño montículo vieron cómo se aproximaban los dos espesos y revueltos nubarrones de polvo. 
Don Quijote, que tenía la imaginación muy viva, empezó a mostrar sus conocimientos.

 - Aquel caballero que trae en el escudo un león coronado es el valeroso Laurcalco; el de al lado, el de las armas de flores de oro, es el temido Micocolembo; el otro, el de los miembros gigantescos… 

Así prosiguió Don Quijote, enumerando los escudos, armas, linaje y méritos de tantos caballeros. Sancho lo escuchaba con la boca abierta y se frotaba los ojos, pues allí delante no veía nada de lo que contaba su amo.

Don Quijote lo advirtió. 
-¿Qué te pasa Sancho? 
- Pues, señor…-intentó explicarse su escudero con un gesto incrédulo. 
-¿No oyes el relinchar de los caballos, el sonido de los tambores, el batir de las espadas…? 
-No oigo otra cosa sino muchos balidos de ovejas y carneros. 
- El miedo que tienes hace que no veas ni oigas bien, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son-le dijo Don Quijote-.y si tanto lo temes, déjame, que yo solo me basto para dar la victoria al señor del Arremangado Brazo. 

Y tomando con fuerza su lanza, picó a Rocinante, que aunque torpe y cansado sabía bien corretear cuesta abajo, y entró en aquella polvareda con su arma a punto. 
-Vuelva señor, que son ovejas y carneros lo que va a embestir.

Don Quijote no oía las voces de su escudero sino que en mitad de los dos rebaños se sentía como en el centro de una gloriosa batalla, clavando su lanza a todo aquello que se movía, que en este caso eran unas asustadas y perdidas ovejas.

Los pastores, que vieron la rapidez con la que aquel loco estaba dando cuenta de sus animales, cogieron piedras del camino y las lanzaron con buen tino: una le dio en el brazo, tirándole la lanza; otra, en las costillas; una tercera se estampó en mitad de la boca dejándole con dos dientes menos, y una cuarta se estrelló en su estómago, haciéndole tragar las muelas que bailaban en la boca.

Don Quijote perdió el equilibrio y dio con sus huesos en la tierra. Los pastores, creyendo que lo habían matado, recogieron las siete ovejas muertas y huyeron de allí con sus rebaños.

Sancho Panza corrió a atenderle. 
-¿No le decía, señor, que volviese, que no era un ejército sino una manada de ovejas y carneros? 
-Has de saber Sancho, que el malvado sabio que me persigue, envidioso de mi gloria, convirtió al ejército en ovejas- replicó un Don Quijote agónico.»