Pareciera que sí,
que es posible tocar su nombrecon tan solo ir al cuarto,
cerrar la puerta
y colocar “No molestar” en la manilla.
Adentro,
se supone,
se encuentra uno con uno,
el yo definitivo se encarna,
la calma,
pues,
debería ser la reina
porque la soledad,
tras ese ritual,
se ha hecho presente.
Pero las cuentas agobian,
desde el centro de donde se piensa,
y desde afuera,
con su látigo verdugo;
ah, y los problemas,
¡las quejas de todos!,
¡la globalización!…
Ni hablar del resto de responsabilidades,
personas que aguardan,
rutinas…
el perro afuera,
el árbol que nos mira y nos culpa,
las cortinas,
¡todo!
¿Soledad? ¡Pamplinas!,
aquí no se está solo ni un día.
Juan Ortiz
Ni hablar del resto de responsabilidades,
personas que aguardan,
rutinas…
el perro afuera,
el árbol que nos mira y nos culpa,
las cortinas,
¡todo!
¿Soledad? ¡Pamplinas!,
aquí no se está solo ni un día.
Juan Ortiz
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